Blanca Martín: “Mujer, Igualdad y II República”

Artículo de la vicesecretaria general del PSOE de la provincia de Cáceres, Blanca Martín.

El camino hacia la igualdad tiene luces en las que alumbrar su ejemplo y sombras de regresión en materia de derechos, todas ellas, luces y sombras mezcladas porque nada es lineal en la historia de un pueblo. La II República española fue un sistema de gobierno democrático que resultó un compendio de complejidades que no pueden ni deben ser analizadas linealmente.

La II República, dentro de un contexto europeo y mundial convulso, provocó cambios sustanciales en las relaciones humanas, tanto políticas como económicas y con la mujer -cómo no- en el centro del debate y de las grandes transformaciones posibles.

Digamos que, hasta abril de 1931, la igualdad en España no había cobrado el sentido que, una vez desencallado el viejo régimen, daba paso a un tiempo en el que, por fin, los vientos habían cambiado. Así pues, la igualdad de género ocupó el lugar que le corresponde, en la aprobación de la nueva constitución, cuya redacción le fue asignada, en primer lugar, a una comisión judicial encabezada por el abogado conservador A. Ossorio y Gallardo, anteproyecto que fue rechazado y pasó a ser obra de una comisión parlamentaria presidida por el abogado socialista Luis Jiménez de Asúa. Su proyecto fue presentado en Cortes el 27 de agosto de 1931 y aprobado, con algunas modificaciones, el 9 de diciembre. La constitución que Jiménez de Asúa describió como de izquierda, estaba inspirada fundamentalmente en las de México (1917), Rusia (1918) y la República de Weimar (1919).

En la Carta Magna aprobada, leemos en el artículo 25 que no podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas, ni las creencias religiosas. El Estado no reconoce distinciones o títulos nobiliarios. El artículo 40 trataba de la discriminación en puestos oficiales: todos los españoles, sin distinción de sexos, son admisibles en los empleos y cargos públicos, según su mérito y capacidad, salvo las incompatibilidades que las leyes señalen.

El artículo 36 confería los mismos derechos electorales al hombre y a la mujer mayores de veintitrés años. El artículo 53 otorgaba el derecho a ser diputado a todos los ciudadanos mayores de veintitrés años sin distinción de sexo, frase que, sin embargo, fue omitida en el artículo 69, por el cual eran elegibles para el cargo de presidente todos los ciudadanos mayores de cuarenta años. Como vemos, los avances eran lentos para las mujeres también en tiempos de transformaciones profundas.

El artículo 43 trataba de la familia: la familia está bajo la salvaguardia del Estado. El matrimonio se funda en la igualdad de derechos para ambos sexos, y podrá disolverse por mutuo disenso o a petición de cualquiera de los cónyuges…

Pero los tiempos avanzaban dentro de una ola marcada de conservadurismo histórico; así, en cuanto al divorcio, la ley de española, aprobada en 1932, era una de la más progresistas de las pocas existentes, pero no por ello gozó de popularidad en la sociedad de la época, porque a la vez que las mujeres contaban con una herramienta legal, la espada cultural del patriarcado, la iglesia y la conciencia católica oían cómo los sermones y pastorales amenazantes les advertían de que si se divorciaban y volvían a casarse, o incluso en el caso de contraer matrimonio civil, les serían negados los sacramentos y sus hijos serían considerados ilegítimos por la ley canónica. El propio Jiménez de Asúa, creía -y daba en el clavo- que la ley no era más que un pobre paliativo al gran problema de la coyunda, cuya solución real era la libre unión.

En las elecciones celebradas en junio de 1931 año fueron elegidas dos mujeres diputadas, Clara Campoamor (Partido Radical) y Victoria Kent (Izquierda Republicana): dos mujeres de un total de 465 diputados. A finales de aquel mismo año otra mujer diputada, Margarita Nelken (Partido Socialista), ingresó en las Cortes. Ahora bien, las primeras elecciones en las que participaron las mujeres fueron las de 1933, elecciones ganadas por la derecha. En 1936 el triunfo sería para el Frente Popular. Todo lo demás es conocido.

El divorcio y el voto fueron los dos hallazgos históricos que se encontró el feminismo en este corto periodo de tiempo. La Guerra Civil primero y el triunfo del nacional-catolicismo después, trajeron reacción, sombras y opresión a la sociedad en general y a la mujer en particular, una mujer que volvió a ser propiedad del hombre, sin libertad jurídica, sin derecho al divorcio y con el peso de la tragedia de un país sobre sus espaldas.

Es nuestro deber no olvidarlas porque en esta lucha que hoy seguimos emprendiendo contra la desigualdad, están ellas para susurrarnos al oído que no murieron en vano, que no sufrieron en vano y que son un ejemplo y que, en ese ejemplo, hoy en paz, seguiremos defendiendo la igualdad por encima de cualquier otra bandera.

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