Fernando Ayala: «La soledad»

Escuchaba en una ocasión a un pintor referirse a la soledad acompañada. Parecían conceptos contradictorios. Pero no lo son. Quizás, sea un problema mayor en los núcleos más importantes de población, pero no lo es menos en otros.

Al hilo de esto, charlaba con un compañero de la vinculación generalizada, a la hora de hablar de la soledad, con las personas mayores. Es cierto, que en su mayor parte podemos estar hablando de este colectivo. Y en ese sentido, es muy necesario que las políticas públicas se vuelquen en potenciar iniciativas que palíen y, si es posible, eviten situaciones de aislamiento no deseado.

Sin embargo en las sociedades actuales, en plena explosión de la digitalización de nuestras vidas, existen fenómenos paralelos que no van unidos explícitamente a la edad de los afectados.

Vivimos en comunidades en las que, en no pocas ocasiones, no nos conocemos los vecinos.

Formamos parte de una nueva cultura en la que la vida en la calle cada vez se hace más prescindible. El mundo real se sustituye por el virtual.

No es la primera vez que denunciamos, por ejemplo, el avance progresivo de fenómenos como la obesidad infantil y juvenil. Nuestras generaciones más jóvenes apenas juegan en la calle, practicar deporte de manera habitual casi queda relegado a los mayores de 40. El cuidado o la preocupación por un estilo de vida sana se sustituye por la vida dentro de las diferentes pantallas de las que nos rodeamos.

Y eso cuando no hablamos de enfermedades. A veces nos conducimos a ella. El deterioro de la salud mental es otro indicador de que debemos prestar especial atención a los casos de soledades acompañadas.

Nos vemos rodeados de muchas gentes con problemas. Es un lugar común señalar que cada uno tiene sus historias personales. Que no debemos meternos en las vidas de los demás. Pero sí podemos ayudar a quienes tienen dificultades. Pero sí podemos comprender que para muchos hay situaciones que pasarlas sin contacto con los demás no es tarea grata. Y lo malo es que ellos no nos lo van a demandar. Y lo penoso es que los que les rodeamos no queramos involucrarnos con las peregrinas excusas de que ellos no quieren.

Por estas razones, siempre me parecerá de agradecer el ruido del contacto físico. Las voces de las palabras. El intercambio. El fluir de la vida en comunidad. No acompañemos a la soledad no elegida. Evitémosla.

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