Pablo Iglesias: “II República, la revolución que no fue”

Artículo de Pablo Iglesias, secretario de Memoria Histórica y Estudio del PSOE de la provincia de Cáceres.

En el mundo de twitter, facebook e instagram, las tres redes sociales que dominan nuestras vidas como si de un mundo paralelo se tratase, artículos como este que escribo, cada vez parecen tener menos cabida. Definitivamente leer a Gabriel Jackson no es trending topic. Este es un mundo de pensamiento rápido, de ironías y fuertemente dominado por medios de comunicación que ejercen su poder como nunca antes a través de la desinformación, el oligopolio corporativo y las tendencias de pensamiento impuestas, como si de una libertad censurada se tratase. Sin embargo, al publicar en la web del PSOE provincial, se procura contribuir a un pequeño corpus ideológico y de opinión que nos ayuda a reflejar ideas y pensamientos con los que seguir consolidando nuestra opinión como socialistas en este mundo atomizado y a la vez, profundamente disperso.

Para el PSOE y para toda la izquierda española, el mes de abril es el mes de la II República Española. Aquel 14 de abril de 1931 sigue hoy presente en las mentes y corazones de un buen número de españoles. Este proceso político es, además, uno de los grandes hitos del movimiento obrero mundial, hablar de la Segunda República Española es hablar de referencias que pueden focalizarse en tres grandes hechos en la historia del mundo moderno y contemporáneo. El proceso político que vivió España entre 1931 y 1939, además de unos antecedentes sociales y económicos concretos, condensó las ansias de libertad y revolución social, que anteriormente se habían visto en: la Revolución Francesa de 1789, la Comuna de París de 1871 y la Revolución Rusa de 1917. Se puede considerar de hecho a la II República en su conjunto, como el gran proceso revolucionario español.

Cuando en 1935, alrededor de 70.000 campesinos sin tierra, yunteros, jornaleros o braceros, se dirigieron a los campos en busca de un trozo de tierra en el que hincar la azada y asegurar el pan de sus hijos, se produjo un hecho revolucionario sin precedentes, la adopción por parte de inmensas masas de campesinos de una conciencia de clase y unidad de acción sin parangón en la historia de España. Son este tipo de experiencias las que hacen argumentar que más allá de los fracasos en las intentonas de reforma agraria de la República, la principal experiencia revolucionaria fue precisamente, la consolidación dialéctica de una conciencia de clase que llegó a ocuparse, principalmente, de las clases trabajadoras, pero también en gran número de ciudadanos pertenecientes a las clases medias y de trabajadores liberales.

Es esa conciencia de clase fue coordinada en su mayoría mediante los esfuerzos organizativos y de acción de las dos grandes centrales sindicales de la época: la Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato anarquista (CNT), la Unión General de Trabajadores (UGT), nuestro querido sindicato hermano y por supuesto, a través de una inmensa red de Casas del Pueblo. Este tejido de clase permitió desarrollar en la conciencia colectiva de las generaciones españolas que han transitado desde entonces, un sentimiento de amor o de odio, de complicidad o de oposición, a lo que supuso la II República. Con la llegada del franquismo, legiones de historiadores alistados como mercenarios del régimen del Pardo, no dudaron en tratar de achacar a la II República, errores y faltas que llevaron a España al abismo de la guerra. Hoy por hoy, sabemos además de la derecha fascista y reaccionaria, fueron centenares de años, varias decenas de reyes, cientos de nobles, miles de burgueses industriales y terratenientes usureros, los que impulsaron a millones de trabajadores, la gran mayoría pobres de solemnidad o semiesclavizados por el desarrollo del capitalismo industrial, hacinados en barracones, con jornadas de trabajo salvajes, salarios de miseria y una total ausencia de servicios sociales más allá de la beneficencia religiosa. A tratar de tomar el cielo por asalto. Había que hacerlo y había que hacerlo como fuera. Hoy nos atrevemos a cuestionar a los misérrimos campesinos de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, a recomendar desde la distancia de los años y las ventajas de conocer el final del cuento, no ahondar en sus presiones a Largo Caballero, en su descrédito por Azaña. Incluso a juzgar a Indalecio Prieto y su refugio en Paris con la debacle de 1934. ¿Qué podían hacer? ¿Esta pregunta debe responderse? ¿Puede responderse? El determinismo de la historia está marcado por los hechos que ocurrieron, no por las hipótesis más o menos interesadas del revisionismo de salón.

Alguien sí lo hizo. La respuesta frente a aquellas ansias, aprovechando quizá, la sensación de violencia contenida para insuflar el miedo como doctrina, fue un alzamiento militar del que aún se conservan amplios recuerdos por su brutalidad y ansias de matanza. Arrancó durante tres años una experiencia desgarradora para España. Mezcló guerra, represión y revolución. Los campos del país y Extremadura con especial agonía, vio ejércitos regulares, enfrentarse a trabajadores armados, brigadistas internacionales, guardias civiles leales a la República y soldados que trataron de defender con su esfuerzo la posibilidad de una España democrática y de derechos. Vecinos contra vecinos. Nunca sabremos qué España sería la actual si la victoria, hubiera estado del lado de la revolución obrera, campesina y cultural que sugería una transformación que no fue.

Si en el nacimiento de la II República pueden establecerse paralelismos con la Revolución Francesa en cuanto a las ansias de construcción de un mundo de derechos sociales, justicia e igualdad, también podemos ver imágenes de la Comuna de Paris, en el alzamiento de los mineros de Asturias, que levantaron barricadas con mayor o menor éxito y trataron de acabar de una vez por todas con las imposiciones de una clase dominante incapaz de ver que el verdadero desarrollo sólo llegaría de trabajadores con derechos, capaces de desarrollar la sociedad de manera transversal y en conjunto. Tal y como les sucedió a aquellos soldados y obreros franceses frente a las calaveras prusianas, en la España representada por la CEDA de Gil Robles, los tradicionalistas y falangistas de camisa azul y sus ansias por destruir todo lo construido por el primer gobierno republicano-socialista. Los mineros asturianos no pudieron sino resignarse a esperar. La democracia siempre es caprichosa.

Hoy por hoy, la República es, además de un sistema de gobierno que muchos creemos que, sin duda, volverá en forma de “la Tercera”, un sentimiento que se refiere aún más, a grandes anhelos de justicia y derechos sociales. Es por todo esto, por lo que la II República sigue siendo hoy por hoy, el gran esfuerzo revolucionario español. ¿Qué habría sucedido si los brigadistas internacionales hubieran desfilado por Madrid el 19 de mayo de 1939 en lugar de las fuerzas golpistas? Este pensamiento es un fantasma que recorre desde entonces la conciencia del movimiento obrero internacional. Quizá no supimos unirnos a tiempo mientras el mundo nos dejaba solos. España 2018. Parece que aún tenemos mucho que aprender de nuestros fallos.

Deja un Comentario

Desarrollado por Marketeame