Los Días Soñados

César Serrano rinde su particular homenaje a la República con un artículo intimista, desde lo que Azorín llamaba la «sutil trama de la vida cotidiana». Vida que, por entonces y hoy en el recuerdo, nos trae una brisa de nostalgia, dolor, melancolía. 

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Secretario de Comunicación del PSOE en Extremadura

En casa de los Tenazas se hablaba bajito, pero se hablaba. Se hablaba de Negrín, de Azaña, del Frente Popular… Sí, se hablaba, se hablaba de los que se fueron, de los que se llevaron. De los que se llevaron, apenas se pronunciaban sus nombres, el de sus esposas, los de sus hijos…

De los que se fueron se esperaban sus cartas escritas en papel finísimo y en sobres ribeteados en azul y rojo que, decía el abuelo, eran sobres de avión. Dentro, las historias de una familia rota por el “generalito”, así era como en las cartas de papel finísimo se nombraba a Franco.

Pero al generalito, aquí, en casa de los Tenazas, sencillamente no se le nombraba. También en esas cartas de papel finísimo, los nuevos nombres que de un lado y otro del Atlántico se iban incorporando a la familia rota, cada vez más rota, más lejana. También los nombres que a la familia se le iban yendo, entonces en los ojos del abuelo aparecían las lágrimas, lágrimas que a veces mojaban el papel finísimo de aquellas cartas. Era Aurora la que escribía las cartas que llegaban dela Argentina.Lasde aquí las escribía el abuelo.

Eran cartas hermosísimas que me gustaba leer. Era como si las palabras de Aurora trajeran caricias. También el abuelo las leía una y otra vez. “Ernesto se ha comprado un auto y hemos viajado desde Tandil a Mar del Plata con los papás, y…”. Entonces el abuelo cerraba los ojos y, mientras doblaba cuidadosamente el papel finísimo, me decía, “En Argentina a los coches los llaman autos”.

Nunca ví a Aurora, a ella no se la llevó el generalito, ella nació en aquel sur lejano del exilio al que el generalito expulsó a sus padres. En los sellos de color rojizo o azul podía leerse República Argentina, y ahí la mirada del abuelo se detenía como atrapada por aquellos sellos, mientras nos decía, “Yo fui concejal dela República, de nuestra República, decía, y entonces nos hablaba de los Pantaleones, de los Bizcos, de los Misinos… También de los días oscuros de las cárceles del generalito.

Un día cuando el abuelo ya se nos había ido, llegó una carta. No era la letra de Aurora, era una letra hasta entonces desconocida. Era una carta de Carmen, la hija de Aurora. “Mama se nos fue, y creo que se fue al huerto, donde crecen los cerezos, el huerto del abuelo”.

Tras la carta de Carmen, una mañana de abril y con la luz de los cerezos iluminándolo todo, los primos, sus primos, acudimos a aquel huerto de la memoria, llenamos un saquito de tierra y, junto a una carta que fechamos el 14 de Abril, se lo enviamos a Carmen, y a Aurora, que se nos quedó allí, en aquel sur del exilio tan definitivamente lejano y tan cercanamente contado en las cartas escritas en aquel papel finísimo.

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