Artículo de la Presidenta de la Asamblea de Extremadura, Blanca Martín. 
Toda unión implica acuerdos y esos acuerdos, en cuanto a la creación de Europa como un todo económico y social, han reflejado el deseo de superación de conflictos por un lado, pero, sobre todo, la amalgama de valores ungidos en la solidaridad entre pueblos y personas como fundamento principal de lo que debía y debe ser un tiempo nuevo en el que las desigualdades y los éxodos humanos den paso a una sutil pluralidad bajo una misma bandera, la de una Europa humana y equitativa.
Durante siglos Europa ha sido una idea, una esperanza de paz y entendimiento. Esta esperanza se ha hecho realidad. La unificación europea nos ha procurado paz y bienestar, ha cimentado nuestra comunidad y superado nuestras contradicciones. Juntos hemos conseguido luchar contra el terrorismo, la delincuencia organizada y la inmigración ilegal.
Sin embargo, en cuanto al amparo de los dramas humanos acaecidos en nuestra historia reciente, podemos recordar algunas diferencias entre, por ejemplo, el desmembramiento de Yugoslavia y la actual crisis humanitaria de refugiados sirios. Durante la guerra de los Balcanes, Europa actuó de forma relativamente humanitaria. Quizás se considerara que aquellos eran más blancos y preparados –algunos- que los que llegan de Siria y, por tanto, tuvieron el asilo correspondiente –después de la “necesaria” acumulación de cadáveres en los telediarios-. En resumen, y sea la razón que sea, encontraron hogar en una Europa escandalizada.
La actual corriente migratoria que huye de la guerra trajo consigo miles de niños a Europa. En 2015 entraron al continente unos 26 mil, según Save The Children, pero hemos perdido unos 10 mil. Sí, ¡perdido! Nuestra Europa, tan preocupada en otros menesteres, no sabe y no contesta a la vez que Europol confirma que miles de niños y niñas son explotadas y abusadas sexualmente. Es inadmisible para una Unión, cuyo sentido de existir, se basa en la solidaridad humana.
Y me pregunto ¿por qué? Son niños de tez oscura que, parece, no importan a nadie, son parias del destino que Europa, inmersa en una crisis provocada por la ilusión de la patria eterna del oro y el consumo, no quiere asumir y, mediante la negligencia -¿premeditada?- los expulsa de nuestra responsabilidad como continente y organización política.
Permitimos en Dinamarca medidas dignas de las Leyes de Nüremberg por las cuales se pueden confiscar bienes de los refugiados, marcar sus casas y determinar sus destinos mientras convivimos con niños flotando en las orillas de nuestros mares y dejamos que miles de niños y niñas huyan de un horror y sean objetos de otro que es la prostitución como forma moderna de esclavitud.
Primo Levi escribió que “en la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: a quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será quitado.» Yo agregaría, humildemente, que mientras menos humanidad tenemos, más moralidad perdemos.














