Belén Fernández: «Sin solidaridad no hay proyecto común»

Si la actitud de las generaciones vivas no es solidaria, el proyecto y la idea de comunidad no se mantiene.

A estas alturas no hay que ser gran analista para concluir que el cambio climático, la pobreza, las guerras, las grandes brechas de desigualdad, las crisis migratorias, las de valores democráticos o la escasez de recursos, son cuestiones que sólo pueden resolverse de forma colectiva, y que las respuestas que estemos en disposición de dar marcarán el futuro de todas y todos.

Nos ha costado una pandemia y la peor crisis mundial de nuestra historia reciente, para que compartamos este diagnóstico mayoritariamente y entendamos que somos ciudadanía global.

Hablamos de tiempos de cambio profundo, que exigen responsabilidad y altura de miras en los que las políticas de cooperación para el desarrollo adquieren un papel central.

El Presidente Zapatero reconoció esta realidad antes de que la propia realidad nos sacudiera. Durante sus gobiernos, la cooperación española hizo de nuestro país un referente ante la comunidad internacional, como un socio respetado y confiable. Sus palabras son permanentemente actuales y descriptivas sobre cómo hemos de afrontar nuestros grandes retos, “sin solidaridad no hay proyecto común, y si la actitud de las generaciones vivas no es solidaria, el proyecto y la idea de comunidad no se mantiene”.

Bajo esa convicción, el proyecto socialista se ha identificado con la Cooperación Internacional para el Desarrollo como marca de país. Tenemos una sociedad que se destaca en Europa por su carácter solidario, un sector cada vez más amplio, diverso, movilizado y comprometido con eso de “arrimar el hombro”.

Con estos mimbres, hemos aprendido a encontrar la eficacia en la búsqueda de objetivos compartidos, con ambición y la mirada de futuro que nos ha llevado a poner en marcha la necesaria reforma del sistema de la Cooperación Española para dar carpetazo a la “década perdida” que nos dejaron los gobiernos de la derecha, pero también para adaptarla a un tiempo en que cooperar es sinónimo de progresar.

Y mirar al futuro no sería posible sin jóvenes involucrados en la mejora de nuestro mundo. Mujeres y hombres jóvenes que aportan ser la generación mejor preparada de nuestra historia, como valor añadido a una política que requiere de un enfoque multidisciplinar. Y es que no es baladí que la cooperación para el desarrollo, en tiempos de desafección y crispación política, nos esté dando un ejemplo de consensos sociales que abarcan un espectro de actores cada vez más extenso.

Tenemos un contrato social global suscrito por 193 países como hoja de ruta a seguir para que el desarrollo económico, social y medioambiental sea sostenible e igualitario, poniendo en el centro a las personas y al planeta. La Agenda 2030 nos marca el camino y la Cooperación para el Desarrollo es clave para su implementación, como promotora de coherencia entre lo doméstico y lo exterior, conectada con la sociedad civil, organizada como principal motor de cambio para transformar nuestro mundo.

El Gobierno de España ha puesto rumbo al futuro con amplitud de miras, demostrando estar a la altura de nuestros tiempos y de los retos que nos presenta. En este contexto, la Cooperación Española tiene mucho que decir y la reforma que abordamos ha de responder a las expectativas que hemos generado como un país comprometido con el desarrollo sostenible e igualitario.

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