Blanca Martín: «38 años de convivencia»

4 Jun, 2021

Allá por 1976, Adolfo Suárez, hizo eso que tanto gusta hoy en día. Adolfo Suárez se etiquetó y dijo: «pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación». También creía, el ex presidente, que «quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro».

Por su parte, Santiago Carrillo, recordaba que su partido fue el primero que planteó la necesidad de superar la Guerra Civil y de lograr la reconciliación entre represaliados y represores. De más está recordar que Carrillo fue un agente indispensable en la construcción de ese espacio histórico llamado transición. Ni más ni menos que el paso de una dictadura vetusta y sus estructuras, a una democracia moderna y europeísta.

Nunca antes como entonces, la política se convirtió en el arte de lo posible. Toda una generación enfrentada por la Guerra Civil, entendió que el camino hacia el futuro era la convivencia y el acuerdo. Hace cuarenta años y ahora, agotar todas las vías de diálogo en busca de un consenso representativo del sentir de la mayoría de la población es, qué duda cabe, nuestro trabajo, nuestro deber y nuestro compromiso. Eso aprendí de mis ejemplos y es lo que defiendo.

En este sentido, cómo no recordar a Alfredo Pérez Rubalcaba, uno de tantos que llegó a la política de la mano exclusivamente de su compromiso. Recuerdo que dijo y está publicado en el libro de Antonio Caño, que quería luchar para dejar claro “que quienes defendimos la libertad no prorrogamos ningún régimen, sino que acabamos con él. Explicaré que nos dotamos de una Constitución para acabar con los privilegios, no para crearlos. Defenderé la dignidad de quienes, como tú, llegamos a la política para servir y no para servirnos”.

Lo decía por Carmina Virgili, ex Secretaria de Estado de Universidades y fallecida en 2014. Dicho sea de paso, fue una de esas mujeres que nos abrió camino a todas y que, como gran demócrata, en palabras de Ramón Rubial, hacía la revolución en el BOE. Producto de la decisión de Carmina y muchos más, esa España oscura de 300 mil universitarios privilegiados, pasó a tener 3 millones de estudiantes en pocos años.

En estos casi cuarenta años, 38 para ser exactos, Extremadura asumió cada uno de los retos que le proponía el presente, causado por un pasado gris y amargo, marcado por la pobreza, el exilio y el olvido de la España más pudiente y centralista.

Hace mucho tiempo que en esta tierra hemos dejado de lamentarnos para dar paso al esfuerzo, el talento y la preparación. Esfuerzo para trabajar con ahínco la tierra y exponer nuestros productos en el mercado internacional. Talento para generar nuevas vías de crecimiento sostenible que crearán empleo, riqueza y progreso. Preparación para intelectualizar nuestro modelo rural y compartirlo con otros territorios que hoy, vacíos o vaciados, también quieren corregir su destino. Si antes exportábamos trabajo, ahora exportaremos modelo y conocimiento.

Hace tiempo reconocimos que la fortaleza de lo público era garantía de igualdad y que esa igualdad nos haría un pueblo unido, fuerte y orgulloso de sus capacidades para hacerle frente a lo que sea. Y ese “lo que sea” fue una pandemia a la que estamos venciendo gracias a la recuperación paulatina y decidida de una sanidad pública que forma parte de nuestras vidas en cada parto, en cada trasplante y, por supuesto, en cada vacuna.

En el 38º aniversario de nuestra querida Asamblea, el mensaje es de unidad, de sosiego, un mensaje lleno de razones para creer en nosotras mismas, en nosotros mismos y hacer de las diferencias y los matices nuestra verdadera fortaleza para construir un tiempo sólido en posibilidades, fuerte en valores y ausente de odios.

Estamos ante una nueva oportunidad como consecuencia de una crisis que se llevó la vida y la esperanza de miles de compatriotas. Y es precisamente ese dolor, el que nos obliga a ponernos de pie para caminar con firmeza hacia ese futuro que nos imaginamos y sabemos que será realidad, porque depende de nosotros.

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