Estamos viviendo momentos de gran importancia dentro de lo que será el continente europeo los próximos años. Un espacio en el que hemos sabido construir tiempos de progreso y solidaridad, algo que no debemos olvidar.
Casi siempre que aparecen riesgos sociales compuestos por discursos de odio, además de combatirlos con diálogo, consenso y acuerdos de calado, tenemos que mirarnos para adentro y hurgar en los errores cometidos.
No se trata de lanzar las campanas al vuelo con miradas retrospectivas, pero sí visibilizar, exponer y plasmar de forma crítica, cuestiones que aportan altas dosis de tragedia a nuestra vida cotidiana.
En España, el patriarcado asesinó en 18 años más que la banda terrorista ETA -que no movimiento de liberación vasco- en cinco décadas.
En España, por ejemplo, el patriarcado y sus consecuencias más bárbaras, asesinó en 18 años -desde que se registran los números del terror machista- más que la banda terrorista ETA -que no movimiento de liberación vasco- en cinco décadas.
Días después del 25 de noviembre, fecha marcada a fuego dentro de la agenda feminista, asistí a la Asamblea Plenaria de la Conferencia de Asambleas Legislativas de Europa (CALRE) y comprobé, una vez más, la testimonial presencia de mujeres.
Lejos de ser una cuestión cosmética y formal, la presencia igualitaria en los espacios decisivos para la convivencia continental, deben ser obligatorios porque desde la ejemplaridad, y no desde las consignas, seremos capaces de vencer los tentáculos del odio por sexo, orientación, raza, credo o ideología.
Cada vez que nos presentamos ante la sociedad con incongruencias entre lo dicho y lo hecho, entre lo mostrado y pretendido, lo único que conseguimos es dar razones a los nostálgicos de la dictadura 2.0, a los que hacen de la mentira su estercolero en donde derramar la misoginia que aún campa entre nosotros.
No podemos ni debemos relajarnos. Estamos obligadas a seguir reivindicando igualdad en todos los aspectos de la vida. Es inaceptable exponernos en mesas de debate, en fotos de familia o en presentaciones, sin presencia femenina.
La agenda feminista ha de plasmar sus exigencias en las cuotas, en la educación y en el tratamiento intransigente de una plaga que, repito, asesinó más que el terrorismo.













