Estados Unidos de América es un país gigante en su influencia y poder. Grande suele apuntar a grandeza, pero yo, desde mi humilde visión, lo dejaría en consecuencias que afectan y afectaron a todo el mundo, positivas algunas, negativas muchas.
Este 6 de enero, los peores exponentes de una nación que vio nacer a John Coltrane, ocuparon a la fuerza y armados, el Capitolio. Y no lo hicieron de forma espontánea, sino llamados por el impresentable machista y xenófobo, Donald Trump.
Un personaje nefasto que, durante cuatro años, fue el líder del mundo libre, tal y como a los que no compartían espacio con los afroamericanos hasta hace dos días, les gusta llamarse.
Pensábamos que después de George Bush Jr. y su nefasto legado en Oriente Medio, nada podía ser peor, pero si los pueblos no cuidan las formas, la tolerancia y el respeto que se le supone a la democracia, el sistema resquebraja y se prostituye en el todo vale.
Así vivió Trump toda su vida y nadie ha podido pararlo hasta que los votos lo echaron a patadas de la Casa Blanca. Su influencia, no obstante, no podemos minimizarla.
El odio, el negacionismo y la chulería machista serán su legado y, como desquiciados y resentidos hay en todas las latitudes, hemos de estar atentos a que un ejemplo tan salvaje, no cunda más allá de ambas costas americanas.
Sí, Estados Unidos de América, tuvo este Día de Reyes, a su Tejero, tuvo a un loco mesiánico que quiso conquistar por asalto la casa de todo un pueblo que eligió en libertad a Biden-Harris como los responsables del futuro inmediato.
Es nuestro deber no hacer de la frase de Albert Camus, una verdad devastadora: “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.”
Que EE.UU. encuentre pronto la virtud y el acierto de los demócratas para que su influencia, a diferencia de otras veces, no sea devastadora para el resto del mundo.













