Ponencia de Blanca Martín en la Jornada internacional «El estado de la democracia en América Latina y la presencia de Extremadura» . 
Eduardo Madina escribió en su artículo del pasado 21 de febrero en El Confidencial, “Tiempo perdido”, que “no alcanza bien el lenguaje, pero el papel jugado por la Unión Europea y por todos y cada uno de los Estados miembros es sencillamente vergonzante. La inabarcable crisis humanitaria gestada en nuestras fronteras viene derivada de la incapacidad europea para cambiar su política de asilo y refugio y es el mayor drama político y humanitario de las últimas décadas. A él, con su calculada inacción y su deliberada omisión de responsabilidades, nuestro país está contribuyendo de forma directa. Nada de este inmenso drama humano puede perder un solo minuto más.”
Durante estos años hemos sido coautores de un relato en el que Europa, como Unión, representaba los valores de una humanidad que confraternizaba en la diferencia, que construía crisoles en los que convivían culturas y nacionalidades, otrora adversarias. Parece ser que el relato era sólo una forma de amnesia que, visto desde hoy, desde aquí y desde el ahora más inexorable, se ha contradicho en acciones tardías y omisiones inaceptables.
Vemos que en Alemania, reviviendo aquella tragedia de Rostock en 1992, ciudadanos aplauden y festejan su propio odio al ritmo de las llamas de un hogar para potenciales refugiados. Jean Marie Le Pen y su proceso narrativo que nace del descontento, se alimenta en el odio y lucra con el oportunismo, ve como sus opciones son reales en el mismo seno de la igualdad, libertad y fraternidad.
En las orillas de nuestros mares mueren cada día niños y niñas como los nuestros, niñas y niños que no saben siquiera por qué huyen de sus hogares, niñas y niños que no piden a los Reyes bicicletas ni balones, niñas y niños que, sin saberlo, sólo pueden aspirar a sobrevivir de una guerra en la que fluctúan intereses económicos, odios raciales e ineptitud occidental.
Y como si fuera poco, miles de aquellos pequeños y pequeñas que consiguen pasar las concertinas de la ignominia de una Europa decadente, son “entregados”, por mirar hacia otro lado, al proxenetismo y la explotación. No, nuestro relato de convivencia y tolerancia es sólo verbo vacío carente de acciones humanas que acompañen su intencionalidad.
Nos matan por ser mujeres a la vez que cobramos menos que los hombres haciendo el mismo trabajo. Las listas de parados son las listas de la desigualdad en las que siempre el paro es mayor entre nosotras y los mejores empleos nunca son para mujeres en edad de concepción. Hemos creado consignas, redactado leyes y marchado pero seguimos siendo asesinadas por el terrorismo machista. Gritamos igualdad pero convivimos con la ineficacia mientras somos incapaces de cambiar una forma de educar vetusta, cargada de roles, de batas rosas y azules.
El odio se transforma porque no hemos sido capaces de estar a la altura de una Europa de la gente. Hemos puesto todo el énfasis en la Europa de los mercados creyendo que participaríamos de una fiesta eterna con poliglotas en Suecia y camareros al sol en España y que esa fiesta nunca acabaría. Pero la fiesta ha terminado.
Si una viaja por las grandes ciudades europeas, en su propia distribución barrial reside el desencanto de la falsa integración. Al ritmo que la sangre dejaba de emanar de las colonias y sus malheridos ciudadanos se instalaban en Europa, proliferaron los barrios de una etnia y otra, separadas, inconexas, incluso vilipendiadas hoy en su mímesis hecha deporte. No. En Europa no se integraron los que llegaron, como tampoco se integraron los españoles en Alemania o Suiza cuando fueron mano de obra barata forzada por el exilio franquista. Sí, los españoles también fuimos refugiados allí y en México y Argentina. No nos olvidemos de ello.
Europa, la del crisol de razas, creció en guetos y hoy, dentro de la frustración y el odio engendrado por las diferencias sociales transfronterizas, el odio mata en Charlie Hebdo y Atocha. La democracia está en agonía porque no fuimos capaces de mimetizarnos en los principios que enumeramos en documentos sin relación con la verdad de la calle.
Nuestras empresas viajaron a Brasil y destrozaron el Amazonas, nuestras empresas se instalaron en Vietnam y auspiciaron la esclavitud infantil. Nuestras empresas exigen libertad de mercado porque es el gran aliado de la explotación de los seres humanos y del Planeta que agoniza a fuerza de un cambio climático imparable.
Una democracia languidece cuando opta por mercado y concibe a la gente como mera mercancía. Una democracia agoniza cuando se rescata a los bancos y se apela al cumplimiento del déficit mientras se olvida en la cuneta a millones de ciudadanos y ciudadanas con las vidas rotas, estremecidos por una crisis que pagan pero que no causaron. Cuando la injusticia se apodera de la realidad, la democracia es un espectro de sí misma.
JUSTICIA SOCIAL
Los índices en justicia social marcan una desigualdad entre los países más justos y los más injustos desde un punto de vista social que, además, y según Michael Marmot, coordinador del informe “Los determinantes sociales y las desigualdades en materia de salud en Europa” –publicado en 2013 por la OMS-, “las circunstancias en las que la gente crece, vive, trabaja y envejece y los factores políticos, sociales y económicos que moldean esas condiciones. Analizados en conjunto, estos factores crean desigualdades de salud que son evitables. Nuestra incapacidad de solucionar esta situación no sólo es algo socialmente injusto, sino que además conlleva problemas de salud y la muerte prematura en gran escala”.
Los países nórdicos, con Suecia a la cabeza, son los que han conseguido mayor justicia social, mientras que el empeoramiento ha sido especialmente significativo en los países más golpeados por la crisis, es decir, España, Portugal, Grecia e Irlanda, pero también en Hungría. En resumen, más de un 25 % de la población europea está en riesgo de pobreza o exclusión social.
De esta enorme brecha se desprenden materias tan significativas para el crecimiento de un país como la educación, con índices de abandono escolar variables y preocupantes según la equidad o inequidad con la que se estructure un país determinado.
Por ejemplo, en España, el abandono escolar es significativo y la principal causa del abandono escolar es el origen socioeconómico de los y las estudiantes. Es indudable, a estas alturas, que el abandono escolar tiene que ver con la pobreza y la exclusión social y ese déficit educativo contribuye a una menor calidad democrática en una sociedad que, en los últimos años y ante la crisis, ha desarrollado más la corrupción que su sistema educativo y los colchones de contención social ante un desastre económico como el que seguimos atravesando.
RACISMO
La crisis económica y valores culturales ancestrales, han potenciado la intolerancia y el odio en los diferentes países miembros de la Unión Europea. Y queremos abrir un pequeño paréntesis histórico para describir, dos conductas diferentes en un mismo país, Dinamarca:
En agosto de 1943, por dimisión del gobierno designado por el rey Christian X, los alemanes se hicieron cargo del poder en Dinamarca con dos designios: aplastar el muy al movimiento de resistencia nacional —responsable de huelgas de protesta, actos de sabotaje y otras acciones de hostilidad hacia las tropas de ocupación— y aplicar la Solución Final —la del genocidio—al pequeño grupo de judíos askenazíes que vivían en Copenhague y otras ciudades.
En septiembre de 1943 los líderes de la resistencia danesa recibieron del diplomático alemán Georg Ferdinand Duckwitz un aviso secreto y alarmante: los nazis habían decidido deportar la población judía del país tras capturarla por sorpresa. De inmediato se organizó una campaña para poner en guardia a los amenazados, hacerlos dejar sus domicilios, ocultarlos en casas, colegios, iglesias y hospitales, y sacarlos clandestinamente del país.
En un término de dos semanas 7.200 judíos y 680 gentiles vinculadas a ellos por matrimonio o parentesco fueron conducidas por mar a Suecia, estado neutral que les había ofrecido asilo. De los 8.000 judíos que habitaban por entonces en territorio danés, los alemanes sólo pudieron detener a 500 hombres y mujeres, casi todos ancianos y enfermos.
Año 2015, Dinamarca, uno de los máximos exponentes del estado del bienestar, con una educación pública magnífica y avanzadas normas en materia de igualdad, escupe sobre su propia historia y decide, en un acuerdo vergonzoso entre liberales y oposición, articular un proyecto de ley que contempla la confiscación de objetos de valor a los refugiados para financiar su mantenimiento.
Este segundo paso ya tenía precedentes en otras medidas que limitan los derechos de los refugiados: se han endurecido los requisitos para la reagrupación familiar —que pasan de ser un año a tres—, se han recortado los beneficios sociales y también la duración de los permisos de residencia.
Dinamarca se ha convertido en un ejemplo de la falta de sensibilidad y entendimiento que la actual Europa ejerce sobre los más desfavorecidos, excluidos socialmente si son “de los nuestros” y humillados y sitiados sin “son de fuera” y piden auxilio o paren en nuestras costas huyendo del horror de una guerra en la que también ha jugado un papel importante, nuestro continente.
¿Y qué decir de Cameron e Inglaterra y de cómo Europa se entrega en forma de concesiones para que Reino Unido no salga de la UE y a cambio se acepte la inhumana y falsa idea de que los inmigrantes atentan contra el Estado de bienestar británico? ¿No es Cameron el que inmediatamente después del atentado terrorista en París, ofreció más de 15 mil millones de euros para un plan de gasto de Defensa los próximos años? Nada más cerca del negocio, nada más lejos del humanismo en el que creímos cimentar la Unión Europea.
MÁS EUROPA PARA UNA NUEVA DEMOCRACIA
Europa está cambiando y está cambiando a peor. El temor de nuestras altas burguesías, movilizadas quizás por aquello que Levi-Strauss definió como “el entendimiento de la otra cultura lo marcan los límites de la propia”, imponen condiciones de segregación racial, étnica, económica, de género.
Creemos que la única forma de concebir el progreso económico es cosechando pobreza dentro de nuestras sociedades y fuera de ellas a través de estrategias económicas basadas en la explotación, los espacios internacionales alegales y el indiscriminado uso de los seres humanos como mercancía.
Nuestro deber, y marcados por una idea de progreso incluyente con aquello que decía Juan Carlos Rodríguez Ibarra, de “avanzar más lento pero todos juntos”, ha de hacernos buscar fórmulas que humanicen las relaciones económicas, que no sojuzguen a la humanidad ni al Planeta en nombre de los índices económicos y que encuentren en la Unión un argumento para construir convivencia y no un argumento para destruir Europa.
Contra lo que los populismos de derecha e izquierda creen, la Unión Europea es el lugar en el que crecer y amparar nuestras diferencias, es el ámbito en el que debemos construir un marco de desarrollo capaz de incluir al ser humano sin abundar en aquello de que la desigualdad genera riqueza entre los más poderosos.
Necesitamos oír a la ciudadanía para que Europa no sea un campo de batalla urbano en el que, uno a uno, exploten los focos de descontento importados y los generados por una constante desigualdad que genera pobres y los enfrenta con la excusa de las diferencias raciales.
La solución para construir una nueva democracia regenerada por políticos que representen la voluntad popular pero que no usen a la gente como trinchera de sus estrategias sectarias y privilegios, está en el mismo seno de la unidad continental.
Y para ello, los países ricos de nuestra Unión Europea deberán ceder índices de crecimiento para que los pueblos de la Europa del Sur no sean cada vez más pobres ni cada vez más excluidos.
Europa como entidad política, económica y social, no puede generar diferentes velocidades en materia de crecimiento y debe entender que la única manera de cohesionar es tejer relaciones y progreso, generar condiciones de igualdad para que una niña griega con escasos recursos, pueda formarse como un niño sueco.
Si, por el contrario, seguimos caminando por un sendero lleno de concertinas, trabas, muros, inequidades y odio racista, más pronto que tarde, Europa explotará por los aires y volverá a vivir episodios sangrientos favorecidos por la actual composición de nuestras sociedades.
En consecuencia, sólo nos queda un camino y ese camino es el de humanizar y humanizarnos, el de cooperar con nosotras mismas y cooperar con el desarrollo de países del mundo empobrecido por relaciones económicas desiguales que encuentran en la corrupción su principal aliado. No nos olvidemos nunca: la corrupción es la gran aliada de la injusticia social y, por tanto, de la democracia.
No podemos convivir con la hipocresía del no a la guerra y de la venta de armas a la vez. No podremos sostener mucho tiempo más que las sociedades europeas no hagan caso a los cantos de sirena del odio y del populismo que desde posturas de anti-sistema potencien aún más la brecha entre la construcción de la tolerancia y la edificación pacífica de un modelo reformista, y un continente que haga escombros de sus pasos dados hacia el desarrollo y la inclusión.
Nos queda mucho por hacer, y a pesar de mi reconocimiento de la realidad, de un reconocimiento rápido pero descarnado, con pinceladas de lo que se puede entender como pesimismo, creo y estoy convencida de que todas las soluciones pasan por más Europa, por más y mejores relaciones entre los Estados miembros y el mundo menos desarrollado.
Decía Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina que “en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación”. Espero, porque depende de nosotros, que Europa no llegue a revivir cataclismos que sólo nos dejaron muerte y dolor.
Estamos ante un momento histórico en el que los y las mejores humanistas, pensadores, políticos y empresarios debemos dar lo mejor de nosotras mismas para abrir una nueva puerta a la esperanza de una Europa que haga realidad sus principios por encima de los números, que ponga delante de cualquier decisión a las personas y que la única vanguardia que persigamos sea la del conocimiento, la inclusión, el progreso y la igualdad.
No está tan lejos aquel 14 de julio que alumbró, un 26 de agosto de 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano: “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común”. Hagamos Europa porque es la única e inalienable manera de ser más libres y más iguales. En igualdad y libertad, la democracia no hará más que respirar de forma saludable. Vayamos a por ello.













