Nuestra idea de lo que somos proviene de lo que hemos sufrido, primero, y de lo que hemos sido capaces de hacer, y con ello rehacernos, después.
No en vano, Extremadura, es una tierra fértil de voluntad, abierta de corazón y decidida para caminar hacia el futuro. Nuestro carácter se ha forjado en la adversidad y, a diferencia de otros pueblos, nosotras y nosotros no olvidamos de dónde venimos. Quizás por ello, sabemos hacia dónde vamos.
Hay diferentes tipos de orgullos. Está el orgullo vacío que se siente gigante mirándose al ombligo y creyendo ser la medida de todas las cosas. Existe, por el contrario, el orgullo basado en las conductas, en los hechos y en la capacidad de asumir retos y vencerlos.
Este segundo tipo de orgullo es el que caracteriza a las extremeñas y extremeños. Y la razón es muy simple: la generación de mis padres fue capaces de convertir el olvido de una tierra en presencia dentro del escenario político nacional. Una generación que vertebró nuestro territorio con escuelas, pabellones deportivos, centros de salud e infraestructuras, allí donde había, simplemente, nada.
El orgullo de saltar de una generación que no tuvo acceso a la educación, a otra con formación universitaria. En definitiva, cómo no sentir orgullo de ser una región que protagonizó cambios revolucionarios dentro de un marco de paz y gracias al Estado de las Autonomías. ¿Qué habría sido de Extremadura sin la libertad para moldear su futuro? Un coto de caza y una cantera de mano de obra exportable.
El orgullo de saltar de una generación que no tuvo acceso a la educación, a otra con formación universitaria. En definitiva, cómo no sentir orgullo de ser una región que protagonizó cambios revolucionarios dentro de un marco de paz y gracias al Estado de las Autonomías. ¿Qué habría sido de Extremadura sin la libertad para moldear su futuro? Un coto de caza y una cantera de mano de obra exportable.
Hemos decidido ser otra cosa, hemos decidido perseguir nuestros sueños con la esperanza de hacerlos realidad porque sí, hace treinta años, tener un centro de salud en cada pueblo era una utopía, una utopía que Extremadura hizo realidad. Cómo no vamos a estar orgullosos de ese legado.
Hoy, esta generación de cuarentones constitucionalistas a la que pertenezco, con una profunda devoción por las instituciones que garantizan nuestras libertades, nos sentimos orgullosos por estar en la primera fila de un nuevo tiempo. Un nuevo tiempo que será alimentado por la vertebración definitiva de nuestra región y por su consiguiente inclusión en el mundo. Sí, aunque algún medio aún se sorprenda porque Ken Follet se maraville con Extremadura.
Un nuevo tiempo con infraestructuras ferroviarias de última generación, con conectividad digital en cada metro del territorio y con una firme decisión de caminar hacia un futuro en el que nuestros problemas estructurales se conviertan en soluciones y fortalezas.
Mi generación, la democrática, es la auténtica protagonista de la construcción de un Extremadura vanguardista en materia digital, decidida para contribuir a una transición ecológica de la que somos protagonistas porque tenemos todo para serlo. Una generación que no de espacio al odio que atenta contra la convivencia, porque no hay ningún territorio que avance en medio de conflictos vanos.
Mi generación, la democrática, es la auténtica protagonista de la construcción de un Extremadura vanguardista en materia digital, decidida para contribuir a una transición ecológica de la que somos protagonistas porque tenemos todo para serlo. Una generación que no de espacio al odio que atenta contra la convivencia, porque no hay ningún territorio que avance en medio de conflictos vanos.
Una generación que debe dar un paso al frente y sentirse orgullosa de su capacidad de diálogo y acuerdo.
Nuestro orgullo, amigas y amigos, es lo que somos sí, pero también lo que seremos. Estamos en disposición de llevar a Extremadura a lo más alto, con nuestra naturaleza, nuestro sol, nuestra agua, nuestros productos, nuestra ciencia, nuestros valores deportivos, nuestra cultura.
Tenemos todo para ser lo que siempre hemos soñado y volver a convertir las utopías, en este caso del empleo y la industria, en realidades concretas. Si pudimos en circunstancias mucho más adversas, podremos también ahora y esa capacidad para lograr lo que queremos, es nuestro verdadero orgullo.













