Artículo de la Presidenta de la Asamblea de Extremadura, Blanca Martín Delgado. 
El 8 de Marzo está marcado como el Día Internacional de la Mujer y, por tanto, debería ser una fecha de celebración. Tenemos, por tanto, dos opciones: optar por escondernos y enumerar los avances notorios y notables que hemos experimentado las mujeres o, por el contrario, enfatizar en lo que nos queda por remediar y transformar.
Es cierto que no hay nada más revolucionario que la transformación constante y, no siendo yo una persona dada a los efectismos, sin embargo estoy convencida que debemos subrayar lo execrable, lo que es inasumible y lo que, obviamente, estamos destinadas a cambiar.
La política es una herramienta de cambio, no una oda al pasado ni una serie de enunciados destinados a la búsqueda del eco mediático. Es imprescindible recordar que en sí mismas, cada muerte por violencia machista nos salpica a todas porque, y perdón por el sentimentalismo, somos nosotras las que morimos.
No es de recibo en un país que tiene más retos que certezas de cara al futuro, que por una cuestión de género, la mayor parte de la sociedad, las mujeres, cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. Más que inaceptable, que lo es, resulta vergonzoso tener como parte de la marca España, un 20 por ciento de brecha salarial.
Ya podemos legislar y consignarnos en marchas contra el silencio y la segregación por género, pero si seguimos siendo incapaces de concebir una sociedad sin desniveles bestiales, una sociedad que garantice la igualdad y una sociedad que no premie la normalidad de la discriminación, seremos un país injusto, un país que construirá la época que viene sin haber cimentado ni entendido la actual.
Somos las víctimas de un sistema que nos usa como sostén familiar, como piedra angular en el que descansan los valores seculares de la cultura española, unos valores que, maravillosos en otros aspectos como el arte, ha sitiado el desarrollo de las mujeres para clasificarla e impugnar su satisfacción personal más allá de las paredes de su hogar, del cuidado de sus hijos, del silencioso y abnegado deber de contribuir al status quo de una sociedad que tardó demasiado en aceptarnos como pares, quizás –y sin quizás- por el freno y atraso que supuso para nuestro país, la dictadura.
Hoy ocupamos lugares de relevancia pero es insuficiente. No se trata de conformarnos con cuotas ni con repulsas que la sociedad esgrime ante cada injusticia de género. Nuestro deber es mucho más profundo y nuestro trabajo no puede contentarse con los avances obtenidos hasta hoy.
Es indignante que una mujer española gane casi el 20 por ciento menos que un hombre por realizar el mismo trabajo o que una mujer europea soporte una brecha salarial del 16 por ciento. ¿Qué clase de país y de continente dejaremos a las generaciones que vienen cuando no somos capaces de cumplir con lo más elemental de la justicia social que es erradicar las diferencias?
Seguimos asistiendo a un tipo de conformación social que hace de las mujeres las que más trabajamos fuera de casa y que además sostenemos, mayoritariamente, el hogar, aquello de lo que, en nombre de la unidad familiar, nos hemos tenido que ocupar como si fuera una obligación moral natural.
Es un hecho estadístico que nos retrata como una sociedad indudablemente mejorable, que los puestos directivos en las empresas europeas, son abrumadoramente ocupados por hombres, como así también las promociones internas. La edad de concebir aterra a un mundo que sabe lo que es la carga pero nunca fue capaz de aligerarla. Sólo el 4 por ciento de los directores de empresa, son mujeres.
En conclusión, tenemos grandes retos ante nosotros. En la vida política hemos sido capaces de contribuir a la regularización de una constante enfermiza, que era creer que la política era cosa de mujeres, y cambiamos esta constante con ejemplos como los de Clara Campoamor o La Pasionaria, que allanaron el camino con un esfuerzo excepcional.
Primero fue la paridad en las listas y luego las listas cremallera, en Extremadura tenemos un gobierno paritario y seguiremos avanzando en esa dirección, pero no es suficiente y vamos a intentar que la normalización de la igualdad real llegue a las empresas y a cada rincón de la vida cotidiana de Extremadura, España y Europa.
Una sociedad injusta es una sociedad enferma y sobre esa base no podremos crecer más que a costa del sector mayoritario de la sociedad, es decir a costa de las mujeres y hoy, 8 de marzo, lo digo más alto que nunca: no lo consentiremos.














