Artículo de la vicesecretaria general del PSOE de la provincia de Cáceres, Blanca Martín.
“La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser.”
Hesíodo
Por Blanca Martín.-
Hasta no hace mucho tiempo, el 8 de marzo era el día de la mujer trabajadora, una redundancia que trazaba una línea absurda. No ha habido una sola mujer, desde siempre, que no se ocupara de lo suyo y de lo ajeno, favoreciendo, inconscientemente, la panacea del patriarcado, un género destinado a servir, en silencio, al otro.
Porque la rancia estirpe del machismo, no distingue ahora ni antes, que no hay cosas de mujeres ni de hombres -salvo parir-, que todo, absolutamente todo, en el terreno de lo público y lo privado debe ser un trabajo colectivo que iguale y abra las puertas de todo tipo de modelo de vida y familia.
Las mujeres que trabajan afuera, siguen trabajando dentro. El patriarcado se ha ocupado, sistemáticamente, de marginarnos al hogar y a la crianza de generaciones con valores que respeten lo establecido, por eso, hemos criado hombres que nunca dejaron de ser hijos, atendidos, cuidados y ajenos al trabajo que era -¿o es aún?- cosa de mujeres. No en vano, hasta 1975, la ley decía. Leed algunas de las reglas del Código Civil:
- El marido debe proteger a la mujer, y ésta obedecer al marido.
- La mujer está obligada a seguir a su marido donde quiera que fije su residencia
- El marido es el administrador de los bienes de la sociedad conyugal.
- El marido es el representante de su mujer. Ésta no puede, sin su licencia, comparecer en juicio por sí o por medio de Procurador.
Ese Código Civil lo único que hacía era reglamentar unas costumbres de siglos que, en cuatro décadas, hemos cambiado bastante pero no lo suficiente. El machismo, como ideología, entendió que las formas servían para mantener su hegemonía y, por tanto, cambió la estrategia hacia formas de invisibilización de la mujer y desigualdad.
Porque hasta que no impusimos la paridad, la política era cosa de hombres, porque aun teniendo puestos de responsabilidad, aún se cree que la limpieza, en casa y en las instituciones es cosa nuestra, seas presidenta, ujier o vendedora de lotería.
Hay tantas ofensas por cambiar que podemos estar satisfechas por lo conseguido pero avergonzadas por la brecha salarial, por ejemplo, que llena las arcas de las grandes empresas gracias a la explotación de más de 7 millones de mujeres. 42 mil millones anuales de euros hacen de la diferencia, un dato lamentable. Hasta que la desigualdad dé paso a una sociedad de verdad equitativa, no podremos sentirnos parte de una sociedad justa de la que algunos, no quieren oír hablar ni mucho menos conseguir.













