Artículo de la vicesecretaria general del PSOE de la provincia de Cáceres, Blanca Martín. 
Hablar. Dirigir. Mandar. Reivindicar. Decidir. Estos son algunos de los verbos que, culturalmente, el patriarcado especificó como acciones masculinas per se. Todas nosotras hemos sido testigo de conductas destinadas a sitiar a las mujeres en el rincón de las intrascendencias.
A diario, una sociedad contaminada por rasgos culturales que diferencian por sexo, sufrimos y luchamos contra la discriminación. Reconocemos lo que es cultural no sólo porque es hereditario, generación tras generación, sino porque –y esto es lo más grave-, resulta un acto reflejo –inconsciente pero activo-, como si de un síndrome de autodefensa masculinizado por las costumbres, se tratara. El machismo es una ideología.
Cuando una mujer lidera, es un hombre con falda o traje de dos piezas. Claro, el look Margaret Thatcher, estaba destinado a que la dama de hierro –cómo no, un atributo masculino- se mimetizara con la estética hombruna que se le suponía y supone al poder. Aquella anécdota nos sirve para entendernos y entender por qué la reacción de la opinión pública amansada por los medios que vehiculizan el machismo, es de tolerancia al intolerante.
Un error de una mujer, representante política como es mi caso, de miles de votantes, se enfrenta al escarnio público y a la viralización del desliz, por más leve que sea, de una forma completamente diferente a la de un hombre en el mismo cargo o responsabilidad e incurriendo en errores mucho más graves.
Y como si fuera poco, en una sociedad machista, la sacralización de la maternidad como elemento situacional de dónde debe estar y ser la mujer, sirve como legitimación de una culpa no asumida por el propio género femenino. Si decides luchar por tu vida profesional, el orden social se encarga de excluirte de una maternidad satisfactoria porque la conciliación laboral y familiar está muy lejos de ser realidad y porque, en muchos casos, son las mismas mujeres, abocadas a un rol inmovilista, las que ningunean la opción profesional para optar, creemos que libremente, por ser la madre perfecta que su entorno mide y juzga.
No hay mayor libertad que la capacidad de elegir y consensuar, dentro de una misma, qué tipo o tipos de vida abordar. En un mundo confluyente como el nuestro, ambiguo, desordenado, cambiante y por momentos, polarizado, las mujeres no debemos defender una u otra opción porque la visión excluyente nos debilita de cara a los machismos menos evidentes –los más peligrosos- pero constantes con los que la sociedad golpea a las mujeres que nos interesa más un mundo plural que fragmentado en polarizaciones binarias.













