Artículo de Blanca Martín Delgado, Presidenta de la Asamblea de Extremadura. 
Cada día es más recurrente, explícito y vergonzoso, cómo se utiliza el lenguaje para exponer la presencia de una mujer en el rol que, muchas veces le toca –florero- o en el que con su esfuerzo y dedicación, talento y valentía, hace que le toque –política, empresa, cargos de dirección en general-.
Mientras la sociedad en general hace cuentas positivas –y lo son- del empoderamiento de las mujeres en espacios donde se gestiona y decide de verdad, existe un lado oscuro, ambiguo y enfermizo para posicionar en el podio de las realidades y las ficciones el rol de la mujer en cuestión.
El Sr. Trump tiene una mujer preciosa, joven, esbelta y callada a su lado, de la cual nadie repara más allá del chascarrillo fácil y el piropo soez del que le gustaría ser como Trump pero no puede. Además de la belleza de la primera dama americana –la diferencia con Michelle Obama es insultante- nadie repara en, ni siquiera, crear un relato para exponer sus virtudes o limitar sus defectos. Nunca lo sabremos porque Trump es de esos que ve en la mujer un florero que adorna el paisaje. Y me temo que llegan años que se legitimará ese pensamiento desde los altavoces dominantes.
La intrascendencia de una mujer intrascendente parece, para nuestra pena, lo que se espera en los ecos que genera ese vacío, es decir ninguno. El axioma es no esperamos nada de esa mujer y es mejor o el tristemente repetido sé bella y cállate.
Esto no ocurre con mujeres que han asumido el control de su vida para ser lo que ellas quisieron y quieren ser. Esa libertad para liderar su propia vida se presenta como un sacrilegio si, además, la mujer tiene la virtud de liderar grupos y objetivos. Si no hace esto ahora es porque va a parir, si lo hace luego es porque intriga, si dice una cosa es porque es una zorra o si se presenta a tal o cual puesto, es la mujer o la novia de tal o cual político, su valedor, mesías, protector.
Es muy injusto ver que lo que se reconoce como inteligencia en un hombre, cambia rápidamente a cinismo si lo hace una mujer. Ambicioso si eres él, trepa si eres ella, claro si eres él, simplona si eres ella. Algo querrá, algo está buscando, algo, siempre el algo para caer con todo el peso del machismo sobre las mujeres que dirigen el rumbo del proyecto que sea.
Feminizar o no feminizar, digo yo que es lo de menos cuando, por ejemplo, Cifuentes dice que los ricos deben tributar menos y Susana Díaz dice que deben tributar más. Feminizar es lo de menos cuando Carmena sanea las cuentas del Ayuntamiento de Madrid que destrozó Ana Botella.
No se trata de feminizar ni de mirar con diferentes ojos la puesta de largo de la mujer en el ámbito de las decisiones. Se trata de juzgar y de juzgarnos desprendiéndonos para siempre de los jirones de machismo inconsciente o cultural –el peor porque no se asume como tal- que queda en la sociedad española. No es una lucha entre hombres y mujeres. Es una lucha entre la dignidad de una vida que decidamos llevar como más nos guste, pero siempre mejor decidiendo a la par que obedeciendo en el ninguneo, sea en casa o en Moncloa.
Por ello, no somos novias ni parejas, somos mujeres con nombre, trabajo, cualidades y defectos. No pertenecemos a nadie más que a nuestra propia decisión. Si el mundo se siente mejor con quienes callan, aquí estamos las que seguiremos luchando por la igualdad hasta el último suspiro de nuestras vidas.














