Artículo de la Presidenta de la Asamblea de Extremadura, Blanca Martín. 
Augurar el fin de una ideología es hoy, tan absurdo como lo fue en los noventa cuando se anunció, una vez más a lo largo de la existencia humana, el fin de la historia y el inicio de orgásmico y mundanal mundo de las mercancías por encima de las personas.
Hoy pasa lo mismo. Heraldos de la desesperanza y el olvido interesado, coloca en el ajedrez del tablero político a unos por aquí y a otros fuera del mismo. Tender la mano no es cambiar valores y principios por intereses coyunturales. Tender la mano no es pronosticar el fin de una ideología, sino tener voluntad de consenso y eso se demuestra, pues eso, consensuando.
Cualquiera vale para decir que no a todo y pararse ahí. Entre la rebeldía y la iniciativa, hay un abismo que se llama madurez, responsabilidad y capacidad de imaginar el futuro como un espacio habitable en el que quepa la inmensa mayoría de este país. La negativa rebelde para maquillar la ambición desmedida de poder, acaba por hartar a la gente cuando la gente encuentra liderazgos que, en paz y con ideas, les dé esperanza.
No nos confundamos, la atomización se convierte en pluralismo útil para la vida de las personas cuando ponemos a la gente en el centro de los acuerdos y de la voluntad para construir cohesión y un país vertebrado en torno a la igualdad y no a las ficticias identidades.
El socialismo, con más o menos votos, será siempre una explicación del mundo, con principios y valores que siempre construirán igualdad y justicia social. Ser socialista y demócrata no es una ocurrencia de debate sino una convicción profunda y, en consecuencia, indeleble.
Ser primeros, segundos o terceros no cambia nuestra visión de lo que debe ser España, Extremadura, la provincia de Cáceres. El desencanto con el que algunos quieren vender la historia no es más que una pobre estrategia para construir sobre vacío.
La historia del hombre nuevo y del fin de la historia es, filosóficamente, tan vieja como equivocada. No hay mesías ni salvadores pero hay ideas y sueños colectivos en el que podemos y debemos construir un país que se adapte a lo que viene y que convierta, como lo ha hecho, las utopías en realidades.
La esperanza es la fortaleza que nos permite creer en la lucha constante, en no dar pasos atrás y en el caminar con la frente alta por las calles de los pueblos y ciudades que siempre hemos caminado. Ser socialista es una cuestión de igualdad y, sinceramente, no creo que nunca pase de moda.














