Discurso de Blanca Martín Delgado, con motivo del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. 
Hablamos de pobreza, de sus números y del constante chorreo de víctimas que salpican nuestras conciencias en días marcados por un calendario de ocasión, por un calendario que mira de frente a las cámaras pero que, una vez apagados los focos, vuelve a ocupar un papel secundario.
Siempre he pensado que la política o corrige las desigualdades o acaba siendo una actividad profesionalizada sin más recompensa que el propio espacio de poder y sus privilegios, privilegios que tanto daño han hecho a la actividad política y, por supuesto, a la ciudadanía que sufre sus consecuencias.
Yo, sin embargo, estoy aquí para otra cosa. Estoy aquí para recordar que la pobreza genera ausencia de justicia y un mundo injusto es mundo violento, un mundo de explotadores y explotados, un mundo en el que las mujeres y los niños sacrifican sus vidas para que nuestras vitrinas estén llenas los domingos cuando, en vez de pasear con nuestras familias o de comer con nuestros abuelos, damos una vuelta por las grandes superficies. ¡Vaya riqueza la que hemos conseguido!
Ese modelo, del que somos víctimas sin darnos cuenta, también es una forma de pobreza pero, paradójicamente, expone su hipocresía gracias a la pobreza y esclavitud allí donde no llegan las cámaras ni las conciencias más allá de un día marcado a rojo en el calendario.
Podría aquí dar en estadísticas sin alma, las historias que componen el drama global de un mundo que ha hecho de la riqueza su forma de vida y de un mundo que sólo conoce la riqueza a partir de la mendicidad por unas relaciones económicas desiguales, por un Planeta que languidece en nombre de la acumulación y el desenfreno de nuestras ambiciones.
La pobreza, el subdesarrollo, las carencias, el martirio por el que pasan millones de personas cada día, redunda en la desesperación y la desesperación desemboca en resignación o en violencia.
No, no acabaremos con el terrorismo lanzando bombas y aumentando el presupuesto en concertinas. Acabaremos con la violencia si somos justos en las relaciones económicas con los que menos tienen, si no les llaman asesinos por el día y les venden armas por la noche, si somos capaces de entender que este mundo se muere por la falta de equidad que no es ni más ni menos, que cerrar las puertas del futuro a millones de personas.
Y como mujer os digo: se acabarán las ablaciones, la trata de mujeres, la violencia machista y los burkas, con progreso, educación y esperanza que allí es un vaso de leche y aquí un coche último modelo. Nuestra pobreza, como cultura del consumo y del vacío, ha multiplicado pobres y desamparo en tres cuartas partes del mundo, pero en la cuarta restante, aquí, ha multiplicado distracciones e inconsciencias que, traducidas en falta de solidaridad, generan odio, multiplican rencores y nos lleva a la destrucción.
Estamos aquí para plantearnos los problemas de forma madura y desprendida de todo tipo de eufemismos. No es suficiente calmar nuestra culpa desde una actitud caritativa. Nuestra decisión debe ser plasmada en exportar libertad más allá de los mercados. En exportar justicia, en exportar derechos. Claro está que, también aquí, tenemos mucho por recuperar.
La Asamblea es la Casa de la política y por tanto la casa de las reivindicaciones sociales. No nos deis las gracias. Os la damos nosotros por utilizar este altavoz para reivindicar lo que pasa en la calle, que es lo que nos pasa a todos. Estamos acostumbrados a leer el eslogan home sweet home (hogar dulce hogar). Hoy he leído un eslogan que dice home street home. Hay que salir a la calle y nuestro trabajo es importantísimo allí fuera para remediar las desigualdades.













