Artículo de Fernando García Nicolás, secretario general del PSOE de la provincia de Cáceres
Walter Benjamin decía que había que cepillar la historia a contrapelo: contarla desde quienes la sufren, no desde quienes la ganan. Llevo tiempo dándole vueltas a esa idea, porque describe bastante bien lo que hoy tenemos que hacer en esta provincia. Cuando miro a la juventud de Cáceres no veo un colectivo que haya que «atender», ni una estadística que corregir en el próximo informe. Veo a la gente que, si esto va a cambiar, lo va a cambiar. Sin épica barata. Sin paternalismo. Sin discursos que envejecen antes de terminar de leerse.
Voy a hablarte claro, como me gusta hablar.
Ser joven en Cáceres hoy es un acto de resistencia. Se estudia sin saber si el título servirá aquí o si tocará hacer las maletas. Se trabaja sin saber si el sueldo llegará a fin de mes o si el mes llegará antes que el sueldo. Se busca un piso y se descubre que vivir en tu propia tierra —en el pueblo donde te criaste, en el barrio donde están tus amigos y amigas— se ha convertido en una excepción. Y esto no se llama «problema generacional». Se llama, con todas sus letras, un conflicto de poder: quién decide cómo se reparte lo que esta tierra produce.
El debate real de este tiempo no es izquierda contra derecha en abstracto. Es más sencillo y más incómodo: es quienes construyen el futuro contra quienes lo hipotecan. Mientras haya quien piense que la vivienda es un activo antes que un derecho, la juventud seguirá pagando la factura de decisiones que no toma. Y no hay algoritmo, ni plan estratégico, ni ronda de «escucha activa» que arregle eso si no derrotamos a quienes votan en contra de quienes aspiran a tener un techo.
Quiero decir algo que llevo pensando desde el Congreso Provincial de Juventudes Socialistas. Salí de allí con una idea fija: hemos hablado mucho tiempo sobre la juventud y poco con la juventud. La diferencia parece semántica y no lo es. Es la diferencia entre la política como trampantojo —ese trompe-l’œil que finge profundidad donde solo hay pared— y la política como arquitectura. Entre invitar a la foto e invitar a la mesa. Entre el anexo al final del documento y el primer párrafo.
No le pido a la juventud que se enfade. Rabia sobra en este país. Pido organización y rebeldía. La rabia sin proyecto se apaga sola. La rebeldía organizada, con proyecto, con militancia, con estructura, cambia leyes, cambia presupuestos, cambia quién gobierna un ayuntamiento y quién gobierna una Diputación y la Junta. La esperanza, si no se organiza, es solo un estado de ánimo; organizada, es una mayoría.
Por eso mi compromiso es concreto: cada política de vivienda joven, cada plan de empleo, cada estrategia de retorno del talento a la provincia de Cáceres se va a discutir con la juventud dentro de la sala. No informada después. Dentro. Porque diseñar la solución sin preguntar a quien tiene el problema no es solo injusto: es, sencillamente, una idiotez.
Y aquí me permito una pincelada. Antonio Machado popularizó la frase de Quevedo que decía que «solo el necio confunde valor y precio». Pues bien: desde fuera, llevamos años tratados como precio —hectáreas, megavatios, expedientes, kilómetros de fibra pendientes— y muy poco como valor. La juventud cacereña no es mano de obra que retener con folletos. Es criterio, es conocimiento del territorio, es una manera de mirar los pueblos y los barrios que ningún despacho, por bien intencionado que sea, puede replicar desde la distancia. Ignorar eso no es sentimentalismo mal enfocado: es tirar a la basura la mejor materia prima que tiene Extremadura.
Ahora, seamos honestos también con nosotros mismos. La política que queremos no es binaria. No es la del insulto en bucle ni la del titular a las siete. Es la que se nota en el alquiler, en la nómina, en la línea de autobús que sí pasa por tu pueblo, en la guardería que abre a la hora en la que tú entras a trabajar, en el centro de salud que no cierra en agosto. Se llama política útil, humana, que mira a los ojos. No es más glamurosa, pero es la única que sostiene una democracia cuando afuera sopla lo que sopla.
Y por eso —esto es importante— no le pido a la juventud que se enfade. Rabia sobra en este país. Pido otra cosa, más difícil y más decisiva: organización y rebeldía. La rabia sin proyecto se apaga sola. La rebeldía organizada, con proyecto, con militancia, con estructura, cambia leyes, cambia presupuestos, cambia quién gobierna un ayuntamiento y quién gobierna una Diputación y la Junta. La esperanza, si no se organiza, es solo un estado de ánimo; organizada, es una mayoría.
Por tanto, la provincia de Cáceres y Extremadura no necesitan jóvenes que aguanten. Necesitan jóvenes que decidan. Que ocupen la calle, los barrios, los pueblos, las asambleas, las universidades, los sindicatos, los grupos vecinales, los grupos de WhatsApp del pueblo, los chats de la carrera. Que discutan, que se equivoquen, que insistan. Y sí, también las instituciones: porque las instituciones que no se ocupan las ocupa otro. Y sabemos bien quién ha metido el zorro en el gallinero.
Termino. El PSOE, mientras yo tenga la responsabilidad de dirigirlo en esta provincia, no os va a pedir paciencia. Os va a pedir liderazgo, preparación, talento y creatividad. Y os va a devolver algo que hace tiempo se dejó de ofrecer en política: la certeza de que vuestra voz cuenta antes, no después.
El futuro de esta provincia no se construirá a pesar de vosotros y vosotras. Se construirá con vosotros y vosotras, o no se construirá. Nos vemos en la calle.














