César Serrano, Secretario de Comunicación de la Ejecutiva Regional del PSOE de Extremadura, en un relato evocador, trascendente y de imprescindible lectura. 
«Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor».
Salvador Allende
Salir a la calle, a las plazas, a las anheladas alamedas de Neruda es un ejercicio imprescindible para cualquier homologación democrática. Es aquí, en su valor para la Democracia, donde la calle se hace grande, donde se ensancha para las libertades. Y es ahí, en esa función de gran avenida libertaria, donde la calle asusta, donde la calle dicen que se torna peligrosa e intransitable para sistemas de escaso calado democrático y con tendencia al totalitarismo.
Sí, al poder nunca le ha gustado que los ciudadanos conviertan las calles y las plazas en escenarios donde expresar libremente su cansancio, su hastío por cómo desde los gobiernos se desprecian derechos y libertades. Me preocupa como ciudadano que desde mi Gobierno, desde el Gobierno que los extremeños nos hemos dado, se esté cuestionando e insultando a los ciudadanos que libremente salen a las calles de Extremadura para reivindicar derechos tan ligados a nuestra forma de ver y entender Europa, una Europa que ahora se empeñan tantos en destruir. Es la Europa de lo social, la del derecho a la salud, a la educación, a la paz… que tan en peligro se está poniendo en estos días oscuros de los gobiernos de Rajoy y de Monago.
La calle. Las gentes manifestándose libremente en las calles acuden a un derecho al que no se puede ni se debe renunciar desde una sociedad democrática. No solo no se debe renunciar a él sino que la alerta ha de ser permanente frente a cualquier intento de cercenarlo, de cuestionarlo, de reprimirlo…
Resulta inquietante escuchar con qué desprecio se habla desde el Gobierno de Monago de un derecho constitucional que tienen los ciudadanos que estos días salen a las calles de nuestros pueblos y de nuestras ciudades para decirles basta ya de recortes, basta ya de políticas estériles que solo conducen a un aumento sangrante del paro, de la destrucción de empresas y de la aniquilación del Sistema de Bienestar.
Sí, resulta inquietante escuchar discursos que cuestionan la acción política de los ciudadanos desde el derecho a la manifestación. Esta censura solo puede venir de aquellos que desprecian la Democracia en toda su grandeza, en todo el valor que la Constitución le da a ese derecho de manifestarse libremente. Quizás todo esto sea fruto de viejos estigmas predemocráticos, “La calle es mía”. Solo desde ahí, desde esa cultura preconstitucional se puede despreciar la calle como una herramienta más de convivencia entre los ciudadanos.
Ya han sido demasiadas las veces que a los españoles nos han robado la calle, que nos han pisoteado en ella mientras la reivindicábamos como escenario para la libertad. Por eso, por ser el último escenario de libertad, tenemos que defender nuestra presencia en ella tantas veces como nos sintamos agredidos, incomprendidos, engañados. Y ahora en estos tiempos tan llenos de desasosiegos son muchos los ciudadanos que acuden desde la desesperación a la calle para reivindicar otras políticas que no sean las del engaño, las de la agresión a sus derechos, no ya a la salud o a la educación, sino la agresión que va más allá de estas cuestiones tan elementales. Aquí, la partida que hay sobre el tablero va mucho más allá de la reivindicación de derechos sociales ampliamente consolidados en nuestra sociedad. Ésta es toda una partida ideológica entre los gobiernos de la derecha y las fuerzas progresistas. Aquí nos jugamos nuestras propias libertades individuales, y es ahí en el terreno ideológico donde las fuerzas progresistas y de izquierdas tendremos que dejar a un lado cualquier diferencia estratégica y viejos atavismos, hoy como ayer inútiles para estar frente a aquellos a los que tanto les asusta la diferencia del otro, y el otro somos tú y yo, somos todos.
Sí, saldré de nuevo a las calles para reivindicarme como hombre libre. No, no hay Democracia sin hombres y mujeres transitando libremente por las calles, por las plazas, por las anheladas alamedas.













