César Serrano y un dardo contra la hipocresía de los que se escudan en la verbalización de paz para esconder la «negritud de su alma».
Un muerto, un solo muerto es una enorme tragedia, como lo son los doce muertos de París, como lo son los miles de muertos que, a lo largo de nuestro jodido planeta, caen abatidos inocentemente por gentes sin alma y por armas que llegan de extraños y oscuros mercados dominados por los que un día sí y otro también se ponen al frente de su paz, una paz que les perpetúa en la impunidad de la tragedia, una paz que no puede ser la mía, ni creo que de nadie que ame la libertad.
Por eso me preocupa el discurso del pánico que andan construyendo quienes nunca sintieron la necesidad vital que tenemos los seres humanos de ser libres, y me preocupa aún más que se caiga en la tentación de acudir a soluciones más próximas a regímenes totalitarios que a las soluciones surgidas de la fuerza de la democracia y la libertad.
Tal vez esto nos pase por carecer de un discurso propio sobre esa necesidad vital de la libertad. Y es acudir a discursos ajenos, y es una evidencia palpable de ausencia de discurso propio, cuando a un miembro de un parlamento democrático, de un partido que nace para hacer posible las libertades y la democracia, se le escucha decir que «se apoyaría un recorte justificado de libertades». No, ese no es el camino ni de la seguridad y ni mucho menos de la libertad.
El generalito justificó, no olvidemos, todas las muertes, querido Antonio Hernando.














