Ivar Matusevich reflexiona acerca de los tabúes y temores que se desprenden de ciertos tópicos que se disparan en la vía pública. 
Estas letras, articuladas, quizás, desde el desahogo irreflexivo, intentan trazar un diagnóstico generalizado de lo que sucede, día a día, en nuestra sociedad.
El PP, lo decíamos en otro artículo, no sabe de justicia y sensibilidad social, pero maneja perfectamente los sin-valores del poder porque el poder se compra con dinero y el dinero, en este país, lo tienen las fuerzas fácticas que no supimos desterrar de la mesa de las decisiones duraderas.
Convivimos con curas de “piedra, cruz y falange”, asumimos que la Justicia sigue el camino de quienes trazaron la herencia de los tiempos grises a estos luminosos desde el eufemismo, se premia al banquero en demérito del ahorrista y la información se dibuja al ritmo de las dependencias económicas.
Desde que el PSOE es oposición, en Extremadura, el viraje mediático –hablamos siempre en general- ha tendido a silenciar la labor de un partido que trabaja por la ciudadanía asumiendo sus errores primero y estructurando sus medidas y propuestas para resarcir a Extremadura del delirio megalómano de Monago, responsable que nuestra región redunde en su mayor índice de desigualdad en democracia y en su mayor índice de desempleados de las últimas décadas.
No obstante, los titulares se suceden al ritmo de la virtualidad que diagraman en la oficina transmediática de quien maneja los hilos del títere Monago. Si el PSOE publica una nota de prensa, raudos y diligentes, algunos medios ofrecen al PP el espacio de respuesta ¡dentro de la misma nota oficial! Por inaudito no deja de sorprendernos. Demás está decir que mientras nuestros jóvenes se exilian, nuestros mayores pagan sus medicamentos y el impuestazo de Monago nos asfixia, la prensa afín copia y pega los dictados del Rasputín de Monago. Es lo que hay pero no será lo que habrá. La democracia necesita sanarse en cuanto a financiación externa e interna.
Otro de los tabúes es pretender no poner en cuestión decisiones judiciales que, por políticas, no pueden pasar desapercibidas. Hay muchas y muy sonoras: desde un atentado contra la democracia en Casar de Palomero hasta la imputación o no de la sangre azul que nadie puede tocar mientras nos tocan a todos el trasero. Este es el clima que se respira y la democracia no puede soportarlo más. 
No puntualizaremos por evidente responsabilidad legal, pero es imprescindible democratizar la justicia. Sea el modelo que sea, electoralmente o por filtros de auténtica modernización del mismo, un país no puede tener una Justicia vendada en un ojo y con el otro abierto para ver a quién y por qué, salvar del patíbulo de las felonías, casi siempre, respondiendo a los servicios del poder de facto que gobernó a España durante décadas.
Así pues, sin duda alguna, desde la óptica de este artículo, es imprescindible rever la “pauta oficial” en los medios de comunicación para evitar que una empresa mediática lucre a costa de la censura y la digitación editorial según quién gobierne y quién pague el derecho a la virtualidad de turno. No podemos dilatar más, porque el sistema se pudre desde su base, la democratización del Poder Judicial. La ciudadanía necesita garantías porque vivir en una sociedad injusta, en donde huele a impunidad para el poderoso, será el gran caldo de cultivo para amaneceres dorados que hagan de este crisol de convivencia, el nuevo infierno del siglo XXI.















