Stefan Zweig escribió un fascinante libro, Castellio contra Calvino, donde analiza la controversia entre la forma de gobierno de Calvino y el humanismo tolerante de Castellio. Los abusos de poder de Calvino, su brutalidad, su vehemencia, la mezquindad y el terror con el que gobernaba, frente a la serenidad, la sabiduría, tolerancia y la idea de libertad de Castellio.
Castellio pudo correr la misma suerte que Servet, acabar quemado en la hoguera, de no ser porque murió antes de ser condenado por el fanatismo religioso y el despotismo de Calvino. Pero las ideas humanistas de Castellio fueron la guía de las teorías sobre la tolerancia en Europa.
La grandeza de las ideas de Castellio son la base de la democracia, la idea de que “matar a un hombre no es defender una doctrina, una idea, es matar a un hombre”, es el fundamento de la tolerancia, sobre el fanatismo religioso preponderante. Las verdades se pueden difundir, pero no imponer y ninguna verdad es más veraz porque se grite.
Las verdades se pueden difundir, pero no imponer y ninguna verdad es más veraz porque se grite.
Leer las reflexiones de Stefan Zweig, sobre la grandeza de Castellio, debe servir para combatir las ideas nostálgicas del fanatismo, del nacionalismo y de las ideas ultraconservadoras que impedían ejercer la libertad, defender la diversidad y comprender que la tolerancia es la base del progreso de la humanidad.
En este tiempo en el que el fanatismo y el nacionalismo parecen haberse apoderado del discurso de la derecha de este país, estaría bien que todos los que nos dedicamos a la política leyéramos a Zweig, que reflexionáramos sobre el clima de confrontación permanente que se apoderan de los discursos de la oposición.
Escuchar tanto a nivel nacional, como regional, a políticos de la derecha y ultraderecha insultar, utilizar palabras inapropiadas en el debate parlamentario, huir del rigor y de la verdad con tal de intentar desgastar al gobierno, lanzar mensajes de odio contra minorías, enfrentando territorios, imputando falsedades y supuestos delitos al adversario, únicamente provoca desconsuelo, vergüenza y, también, nostalgia de un pasado en el que la política no era un espectáculo para buscar el aplauso fácil del correligionario.
La historia está llena de ejemplos como el de Calvino, como el de Hitler, como el de Franco donde se consideraba hereje a todo el que no seguía la doctrina oficial, donde el fanatismo perseguía al débil, al que practicaba otra religión, tenía otro color de piel, otra raza u otro origen, pero también otras ideas.
Bien haríamos todos los que nos dedicamos a la política en seguir el ejemplo de los que fundamentan sus ideas en la tolerancia, en la igualdad, en la libertad, porque de esa forma conseguiríamos extinguir los mensajes de odio, los discursos de confrontación, los nacionalismos excluyentes y el fanatismo.
Ejercer la política con humildad, con rigor y con tolerancia, debatir, consensuar y acordar para conseguir mejorar la vida de la ciudadanía, aumentar los derechos y libertades, mejorar la calidad de vida y trabajar por conseguir la felicidad, no para gritar las diferencias, no para lanzar amenazas ni insultos, no para odiar al diferente. De todos depende, porque los intereses partidistas no pueden estar por encima del interés común, porque, como afirmaba Zweig, “siempre habrá algún Castellio que se alce sobre cualquier Calvino”.













