Fernando Solís reflexiona acerca del momento político en el que vivimos y de los tipos de tertulias políticas a la que asistimos dentro de la vida cotidiana. 
Antonio Machado dijo que no dejáramos de lado la política, que otros la harían por nosotros en ese caso, y probablemente contra nosotros; seguro que la recomendación surgió al percatarse de que nos gusta mucho hacer política en los bares y cafés, donde damos rienda suelta y satisfacción a nuestra participación en los asuntos públicos; así nos va: a dos velas gracias al cuento del déficit tarifario de las eléctricas (un amigo va a enseñar a su hijo a hacer picón, por si acaso).
Hablando de cuentos, me dicen que el día de Navidad, retornó a nuestra ciudad un televisivo político nacional de los que mandan, cacereñísimo él, que tuvo el detallazo de dejarse caer, muy floreado y con fotógrafo oficial, por una casa de comidas de la ciudad, donde compartió mesa y mantel en un reservado, haciendo el paseíllo torero mesa por mesa, saludando y felicitando a los presentes con foto de recuerdo incluida; tertulia no hubo en esta ocasión, no, al menos en el comedor principal.
No tiene por qué ser malo compartir reflexiones en un bar o cafetería, conozco tertulias terapéuticas y relajantes (aún fuera de la plaza mayor madrileña) compartiendo el café con tostadas para ponerse al día respecto del acontecer comunitario por parte de los más leídos y teleinformados, ayudando a conformar una opinión pública mejor formada y educada en lo social y político; distinto suele ser cuando los tertulianos nos animamos con bebidas de graduación mayor que el 0,0, lo que suele conducir a conversaciones con muchos decibelios y alguna que otra confrontación más allá de lo dialéctico, que terminan casi siempre en excesivo ruido y casi nunca en apacibles consensos.
Al hilo de lo anterior, hace unos días estuve de cañas con unos amigos con los que apenas me veo por mis excursiones laborales a Mérida, coincidiendo en el lugar con un pensionista de 1ª clase que se encontraba junto a sus acompañantes en la fase de los “digestivos” que siguen a los postres; al saludarnos, me presentó a sus acompañantes como “el último gobernador civil de los rojos”, sin duda afectado por la “alegría festiva prenavideña” que le adornaba, queriendo hacerse el gracioso; lo rancio y obsoleto del comentario me desagradó, y me hubiera sido fácil hacer ruido y subir los decibelios, pero decidí limitarme a informarle de que se había equivocado de época y recordarle donde y con quién se había jubilado tan ricamente, deseándoles felices fiestas al despedirme (y negándome a invitarles a la copa que me insinuó su acompañante masculino, pues les habría sentado mal).
Chirigotas aparte, la tertulia política es conveniente para formar nuestra opinión y participación activa en los asuntos de todos, para evitar que lo de todos se convierta en lo de ellos por la desgana de casi todos; para evitar ese nostálgico desfase conceptual y temporal comentado en el párrafo anterior, para no tener que volver a escuchar el “te vas a enterar quién soy yo” que hace poco pronunció por teléfono un representante institucional en ejercicio y nómina.
Eso si, sería recomendable modificar la Ordenanza Municipal concerniente, regulando la graduación, los decibelios y los pixeles de las tertulias y perfomances políticas.















