Guillermo Fernández Vara reflexiona acerca de los cambios experimentados con un modelo rural que potenció la calidad de vida en Extremadura. 
El domingo por la mañana salí a conocer un camino rural que se ha acondicionado en mi pueblo, que une el Puente de AJUDA con el nuevo Puerto Deportivo de Villarreal-Olivenza.
Va en paralelo a la orilla de Gran Lago de Alqueva .
Me encontré con una familia de emigrantes extremeños en el País Vasco. Estaban tres generaciones.
La segunda y tercera ya nacidas allí, en el cinturon del gran Bilbao. Extremeños y vascos, vascos y extremeños. Nos une lo que les une , España. Y hablamos de Olivenza.
Cuando nos fuimos de aquí en 1967 unos y 1978 otros, no había las siguientes cosas de las que ahora se disfrutan, me dijeron:
-Ni Centro de Salud, teníamos la beneficencia.
-Ni Instituto, estudiaban los que podían pagárselo.
-Ni Biblioteca , salvo en las Escuelas Parroquiales.
-Ni Casa de la Cultura, no teníamos derecho a ella.
-Ni Residencias de Mayores pública.
-Ni Centros de Educación Infantil-Guarderías.
-Ni derecho a la prestación por desempleo.
– Ni pensiones no contributivas.
Ni muchas más cosas. Lo que más echo en falta, me dijo, es que mis padres no hayan podido ver este gran cambio.














