Ivar Matusevich: EL MIEDO

22 Ago, 2014

Artículo de Ivar Matusevich que analiza cómo el miedo es el lugar común de todos los inmovilismos sociales. guernica.jpg

Por Ivar Matusevich Follow adrianboullosa on Twitter

El miedo es el estado más inmovilista. El oportunismo lo acompaña para hacer de su ley un dogma eterno. Cambiar el maquillaje para esconder la ignominia no remedia nada, sino que transforma y multiplica su demoledor mandato.

Los hechos puntuales de la Historia, más que la Historia concebida como proceso lineal –la entiendo como el cúmulo de rupturas y contradicciones -, nos enseñan si queremos absorber, rara vez, la experiencia como potenciación del cambio.

El miedo siempre mutó en silencio y el silencio nos trajo decepciones, jirones del pasado entre las terribles transformaciones, hechas ya apatía. La pregunta es en qué momento el silencio te transforma en cómplice del desastre y en qué oscuro sinónimo de lealtad languidece agazapado el arribismo.

Hace poco se cumplieron 78 años del asesinato de Federico García Lorca. Para la televisión pública, el poeta granadino “nos dejó”. El eufemismo los retrata como nietos del que ordenó matar a Federico por “rojo y maricón”.

La democracia española, que algunos caraduras del populismo -amparados en los errores de otros-, llaman Régimen, creyó enterrar el pasado cuando en realidad lo legitimó hacia el miedo. Miedo a no decir, miedo a no estudiar la historia de los que perdieron la guerra, miedo a no criminalizar a los asesinos, miedo a concebir un estado de derecho impiadoso con los verdugos.

Todo ello impulsó a que la sociedad creyera que el silencio era la paz, cuando tristemente se convirtió en olvido, miedo al fin. Cada tanto paso por el Valle de los Caídos, un fantasmagórico ejemplo de la vergüenza que un país democrático no debería soportar. Era turno para que mis hijos, de ocho y cuatro años, comiencen a palpitar las infamias de las que no deberán ser cómplices si quieren ser ciudadanos respetuosos con la libertad.

Estuvimos allí y el día siguiente fuimos a ver el Gernika –paradójico que el cuadro más republicano exponga su grito en un museo de una reina expulsada de su país, Grecia-. Ambas expresiones son el ejemplo de un país crecido en falso y cuyas contradicciones afloran desde el hartazgo y la necedad profiláctica de algunos-as políticos-as. El miedo y el silencio, en síntesis, hacen de un asesino, un personaje histórico y, como dice el tango, “en el mismo lodo todos revolcados”.

Una democracia no es digna si respira miedo y silencio. Tampoco lo es desde la venganza y el revanchismo. Una democracia es libre y de progreso cuando es justa. Justa en su memoria, justa ante la ley, justa en las oportunidades. Todo eso nos hace falta y el miedo sólo provocará que la bomba nos explote entre las manos. Cuando el silencio se hace cómplice, la libertad fallece. Preparad las flores.

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