Ivar Matusevich y una fábula cuya alegoría implica que todo cambio depende de tus manos. 
Cuenta la fábula que un país lejano se caía a pedazos, que la gente vagaba por las calles y que, lentamente, perdían sus anhelos y todo lo conseguido. Las izquierdas y las derechas se lamían las heridas y, en medio de acuerdos penosos para la población, caían a pedazos la esperanza y la estima por los semejantes.
Poco a poco, lo conocido fue desintegrándose ante una muchedumbre ávida de participación y deseosa de ver el agua separada del aceite, de sentir que quien defiende sus intereses de día, no los entrega al poder oscuro por la noche. Eran tiempos convulsos y la gente pedía a gritos el cambio.
Imagina que el representante natural de una idea se eleva por encima de las cenizas del pasado sin revanchismos, pero con inquebrantable voluntad de renacimiento. Imagina que un proyecto libre de ataduras pone en el foco protagónico a las personas y sus dramas para mostrarles el camino hacia una sociedad mejor, amparada en la producción del talento y del mérito. Imagina que las viejas mañas políticas dan paso a un tiempo de esperanza, de mirada frontal, de una intelectualidad humana. Imagina que todo eso era posible.
Imagina que cada vez que el portavoz de los sueños recuperados del olvido hablaba a sus iguales, el sentimiento afloraba desde la razón y el argumento, la emoción invadía las almas vacías de antaño. Imagina que ese hombre hipnotizaba a la desesperanza para dar paso al optimismo cargado de razones.
Era el ciudadano que encarnaba el sentir de cada una de las sensibilidades de cambio hacia el progreso. En él veían el calor que tantas decisiones pasadas habían cambiado por frío, desazón y drama. El hambre y las deudas, por fin, darían paso a la igualdad, el talento y un cambio profundo para que los protagonistas de antiguas traiciones fueran parte de un definitivo olvido.
Era él, no había dudas. No se respiraba tanta esperanza desde hacía lustros. Su retórica tenía relación y consecuencias inmediatas con la realidad que había que transformar porque el país se quemaba entre miméticos impostores y falsos profetas.
Pero una noche, los poderosos representantes de la oscuridad, los defensores a ultranza de lo establecido, llamaron a su puerta y le dijeron: “tú no cambiarás nada, tú no serás más que silencio”.
Cuenta la fábula que les contestó que no se rendiría, que seguiría a pesar de todas las amenazas, que la razón de su vida era que temieran los poderosos y no la gente. Que dejaría la vida entera para cambiar aquello. Imagina que todo ello es posible, que quizás esté pasando y que si no cambiamos de manos el destino, lo que en su día fue horizonte de esperanza, será un cajón vacío donde guardar la bala con la que nos hemos suicidado por miedo.














