Ivar Matusevich: «Tarde o temprano, el socialismo español acabará con la codicia de los extremismos.» 
Especular con que desde la política, única y linealmente, se producen todos los hechos detestables que nos atormentan a diario, es comprender el contexto a partir del ombliguismo y la falta de respuestas colectivas.
Tarde o temprano, sin embargo, debían estallar en nuestra cara los errores que se maquillaban mientras la sociedad de consumo y el mercado adormilaban las respuestas sociales. Consecuentemente con el individualismo postulado por las reglas del mercado, la gente se fue organizando a medida que la crisis y las contradicciones destruían empleo y escupían morosos en un país sin dación en pago: la crisis pasaba factura a los hipotecados de España.
El movimiento 15-M apostó por la queja sin acción electoral. Zapatero, cuya doctrina económica no comparto -¿qué es el liberalismo social?- prologó los recortes sin tocar un euro en sanidad y educación. Sin embargo, los indignados de España apuntaban con el dedo y defendían políticas y derechos sostenidos y proyectados por el socialismo español como si el PSOE nunca hubiera existido. Quien aspira a hacer historia desde la aniquilación del pasado miente.
A pesar de ello, “el todos son iguales” acabó con una mayoría absoluta histórica del PP pero con menor cantidad de votos. ¿Cómo fue posible? Por la abstención. Justo lo que la estrategia de la derecha buscaba, busca y buscará desde su particular visión de la democracia, se le servía en bandeja. A menor participación, gana siempre la reacción.
Lamentablemente y más allá de este rápido y superficial repaso, no hemos sido capaces de pelear contra la destrucción de la dignidad de las personas. Nuestra lista de derechos fue pasando de puntillas y, a medida que la capacidad de consumo fue decreciendo, afloraron las contradicciones de un sistema corrompido por los lobbies y sus brazos ejecutores. No por la política.
Hoy, ante un futuro incierto y con la irrupción de los que antes no querían y que ahora quieren, España se encuentra ante una disyuntiva que, me temo, no acabará bien: el voto provocado por el hígado, enceguece y radicaliza, ensancha la grieta y conduce al abismo.
En ese devenir de acontecimientos cada vez más raudos –la rabia es el acelerador de todos los cataclismos-, el PSOE debe recuperar su espacio que no es otro que el de las esperanzas con realismo, el de generador de convivencia y el de transformador pacífico de una sociedad que necesita cambio y más cambio. Tarde o temprano, el socialismo español acabará con la codicia de los extremismos y volverá a ser el garante de aquello que decía Pablo Iglesias:
“Raya en lo absurdo ver a una porción de seres andar desnudos, carecer de albergue y morir de hambre, cuando hay casas inhabitadas, ropas y calzado que deteriora el tiempo, no el uso, géneros alimenticios de todas clases que se pudren y pierden por no haber sido entregados al consumo en el momento necesario». En fin, la historia.














