Ivar Matusevich reflexiona sobre los valores que condicionan todos nuestros actos cotidianos. 
El poder no corrompe. Todos los políticos no son iguales. Nada ocurre sin causas. Toda conducta es consecuencial. La sociedad refleja a sus integrantes. Perogrullada más, perogrullada menos, nos comportamos a partir de aquellos condicionamientos culturales en los que, secularmente, nos hemos criado. Lacan decía que el deseo es el deseo de los otros. Nuestra miseria, también. Los otros somos nosotros.
Una sociedad adormecida en el perdón celestial actúa con liviandad a la hora de, por ejemplo, ser coherentes con los postulados a los que se aferra su vida. Cuando un Obispo, al ser consultado por la aberración pedófila de los Romanones, contestó que “la Iglesia es santa y pecadora”, nos asfixió en otro ejercicio de cinismo del que muchos de los feligreses hacen gala. Fue una respuesta vaga pero totalizadora y allí nos arrastramos.
No, por supuesto que no estoy diciendo que los creyentes de misa y domingo sean pederastas. Lo que sí afirmo es que en la absolución y el perdón del pecado como sinónimo absoluto de delito –en este caso- demostramos cuál elástica es la “fe”. Y cuando un valor es elástico, la ética con la que se ejecuta es ambigua. Ego te absolvo et tibi prodo.
Engañar, maltratar, usurpar las libertades ajenas y, además, tener el perdón asegurado por el párroco de turno, después de siglos de cultura y acostumbramiento, nos han hecho como somos. Habitantes del gran Mundo de Depende. Indignados si no tenemos, complacientes y responsables apolíticos defensores de lo establecido, si el banco nos da un préstamo para pagarnos las borracheras de las fiestas patronales, con o sin toros, con o sin tomatinas, con o sin verbenas vergonzantes y que atrofian los sentidos. Lo cotidiano no tenía por qué ser vulgar pero en la vulgaridad de la charanga y pandereta somos Sodoma y Gomorra el sábado. El domingo, amén.
Vivimos en la doble moral. El trabajador que puede rendir tres, no llega ni a uno porque lo público no es de nadie –pensamos-. El empresario explota hasta la última gota de sangre y envenena a todos de esclavos sin poder adquisitivo ni consumo. Jugamos al solitario en hora de rendimiento, escuchamos la radio, divagamos, no resolvemos, llamamos a casa desde la oficina, pagamos 600 euros a una guardería y ganamos 450, pasamos por el aro y sólo cuando el aro arde decimos estar hartos.
Somos un círculo vicioso nacido en la bula y el pecado de primera y de segunda, en la falta de solidaridad con el otro, en los silencios que a fuerza de bomba y culpa nos han condicionado la vida, el pensamiento y el pecado en la cama ajena.
Somos una sociedad hipócrita que no curará ninguna regeneración ni reforma constitucional porque los cambios profundos, los que perduran, los que transforman nuestra relación colectiva con el entorno, son los culturales. Todo lo demás será una simple y repetitiva masturbación símica. ¿Será por ello que estamos tan ciegos?














