Vivimos momentos de diáspora educativa. El PP está forzando el exilio de estudiantes sin amparo y con un marcado objetivo: destruir la Educación Pública. En el siguiente artículo lo debatimos. 
Estamos asistiendo, con la Ley Wert, a la construcción de los cimientos del Holocausto de la Educación Pública. Acompañada de un marcado interés doctrinario y antidemocrático, el recorte en becas, profesorado, transportes, residencias y la ausencia de consenso entre gobierno y Comunidad Educativa, nos hace transitar como sociedad, a un abismo sin retorno, a un abismo que sentará las bases de la normalidad en la exclusión y si nos acostumbramos a su presencia, la injusticia, la segregación y el olvido, se volverán transparentes.
Podemos contemplar con orgullo la decidida lucha emprendida por todos los miembros del sistema educativo, desde rectores hasta conserjes, desde catedráticos a estudiantes de doce años, y sabemos que cuando cambiemos el gobierno en las urnas, la Ley será inmediatamente un mal recuerdo. Pero, ¿seremos capaces de debatir seriamente los retos que nos plantea una educación de calidad?
Es imprescindible comprender que una sociedad moderna practica sus valores desde el conocimiento y que, por tanto, es de obligado recorrido acabar con adoctrinamientos religiosos subvencionados por la sociedad y favorecer que el Estado únicamente vele por la igualdad de oportunidades dentro de un amplísimo marco de libertad de pensamiento porque es la base de toda cohesión social.
Debemos acabar con el suicidio colectivo que implica extraer recursos de lo público para financiar una educación concertada y marcadamente segregacionista, una educación concertada religiosa a la que se le ha permitido “el proceso de selección del alumnado”, haciendo de nuestro sistema un trasvase humano incomprensible para una escala de valores equitativa.
Una vez que decidamos, con valentía y decencia, que el Estado no puede permitir un euro ni un minuto a financiar y soportar las imposiciones de la Conferencia Episcopal, estaremos obligados a debatir acerca de un modelo educativo que se proyecte, al menos, en las siguientes dos décadas.
Porque la libertad, la calidad y el conocimiento, deben ser cultivados a partir de nuevos contenidos y métodos. Es decir que es obligatorio incursionar en los contenidos pero también en la formación de los docentes hacia una educación más creativa, libre en el terreno de las asociaciones y que alimente la capacidad de abstracción de nuestros niños.
Es ineludible acentuar un compromiso con los idiomas y plantear la solución de uno de nuestros grandes problemas. Aumento de horas, infraestructura, intercambios, lengua extranjera y su literatura son apenas un esbozo de lo que podríamos llegar a hacer para que las próximas generaciones compitan y ganen desde su apertura mental al mundo que les espera. Decía Sabina que “es analfabeto en muchas lenguas”: que nuestros hijos no lo sean, al menos, en tres.
En resumen, siendo imposible en este espacio exponer todos los perfiles de un cambio sincero, honesto y profundo, nuestros pasos han de estar dirigidos hacia la desaparición de la Ley Wert, por sectaria y carente de ética igualitaria; el fin de la Iglesia en nuestras escuelas; el debate acerca de contenidos y métodos de enseñanza y, por último, la garantía en el tiempo de su puesta en marcha decididamente.
No podremos construir futuro si no nos acercamos con honestidad a nuestros problemas presentes. La Educación de Calidad es esencial para un país que se debate entre la esclavitud laboral y el holocausto educativo. Sigamos adelante para impedirlo. Una sociedad no es plena por lo que tiene, sino por lo que sabe, única herramienta posible para derrumbar todos los muros propuestos por los nostálgicos de la vieja España.














