Ivar Matusevich: La monarquía imputada, República e igualdad

8 Ene, 2014

Ivar Matusevich reflexiona acerca del momento en el que nos encontramos e intenta lanzar una mirada hacia el futuro. 

Por Ivar Matusevich Follow adrianboullosa on Twitter

Esconder el debate debajo de la alfombra sólo nos detiene ante las incuestionables necesidades que se desprenden de una crisis económica que atenta contra los valores y expone las miserias del poder como nunca antes.

Estamos muy cerca de sentir que la sociedad cohabita con la impunidad y, en ese caso, el cataclismo social puede derivar en múltiples expresiones, ninguna de ellas recomendable para la convivencia y la cohesión basada en la gente y no en absurdas banderas.

Un sistema, por definición, debe optar por ideales elevados para componer los matices de la búsqueda y poseer la flexibilidad suficiente como para no incurrir en contradicciones insalvables. España, tal y como es, no será porque dentro de este ritmo de ninguneos, bastardeos e influencias opacas, el país se escinde hacia la intolerancia, el radicalismo y el nihilismo crónico de los simplistas de turno.

Cuando una sociedad tiene miedo a hablar, cuando sus líderes emplazan a la ciudadanía a un ahora sí, ahora no, de esto sí o de esto no, comenzamos a deambular, irrefrenablemente, hacia el final de cualquier esperanza, ¿y qué es el progreso si no la esperanza colectiva en el futuro?

Cuando seamos fieles exponentes de nosotros mismos y creamos, de forma perceptible, en los aromas del debate sin fronteras, podremos empezar a rehacernos de lo que hoy es un simple letargo carente del real espacio en el que concebir una nueva transformación.

Atomizarnos en colores y bailes regionales no será otra cosa que una fuente inagotable de catetismo intelectual. Hasta el más imbécil del horizonte político puede comprender, una vez que deja su mezquindad debajo de su libro de noche, que nada es intocable para conseguir una sana convivencia que evite únicamente basarse en números y cargas fiscales para reconocerse como “identidad”.

Que dejen de cobrar peaje a las personas que creemos posible plantear una nueva época en la que no nos digan, desde sus ministerios legañosos, qué somos, cuál es nuestra pertenencia y cómo han de parir las hijas de esta bendita y no siempre glorificada tierra.

Un hombre libre sin veleidades de esclavo –que las hay y se llama clientelismo-, no puede defender su condición de súbdito. Una monarquía amortizada tanto por su creciente desprestigio como por sus carencias democráticas, no puede ni debe regir el futuro de las generaciones venideras.

Tampoco es imprescindible definirse permanentemente con el fanatismo del converso, para creer en un debate pacífico que haga de un modelo de gobierno la forma más cercana a la convivencia colectiva.

Cuando tengamos claro que el mañana inmediato requiere de nuestra creatividad desinhibida y de nuestra generosidad ideológica, nos daremos cuenta que una sociedad con futuro debe responder a un paradigma de iguales que componga sobre la partitura de nuestros días, el pedacito de tierra en donde mirarnos a la cara sin desconfianzas, con simple humanidad.

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