Esas son palabras de J. Biden en el día 6 de enero mientras su victoria debía haber sido ratificada en el Congreso como lo fue horas más tarde, de madrugada, lo que transcurría durante ese tiempo no podré nunca resumirlo en un solo artículo, y creo que tampoco querría hacerlo, ¿sería capaz? ¿Cómo? ¿Un montón de frikis racistas supremacistas asediando con violencia y teatro macarra la sede de la soberanía nacional para impedir que la victoria democrática del Presidente de los Estados Unidos sea ratificada por sus representantes? Ojalá fuese así de simple, ojalá la barbarie se pudiese resumir e incluso concentrar en un momento.
En estos últimos tiempos nada parece seguir su cauce natural, paradójicamente es la última de las probabilidades la que se cumple. La noche del 6 de enero ya no era una noche más, la realidad nos volvía a arrollar con este suceso, seguíamos impávidos ante lo que los telediarios de la noche nos contaban en directo, la democracia más antigua del mundo estaba siendo gravemente dañada. El miedo y la impotencia definían los días anteriores escuchando y leyendo sobre la posibilidad de un Golpe de Estado, locas y remotas teorías sobre la elección de un Presidente sobre el que la ciudadanía ya se había pronunciado. Nuestros ojos solo veían esas patrañas como ese horrible tinte, esos patéticos chorretones producidos por los focos en el rostro de Rudy Guiliani, en cambio, otros ojos ni siquiera vieron el tinte, así, quizá ocurrió lo que ¿se esperaba? ¿Se buscaba?
Al día siguiente, todas y todos respiramos tranquilos, la democracia venció, el malo como en las películas de antaño estaba siendo señalado por todos y todas, su comportamiento era el más villano de los esperados, amaba a sus violentos seguidores, no quería ser un perdedor, jamás lo reconocerá; y curiosamente es esa la primera característica de un fascista, no reconocer al contrario que no enemigo, no reconocer y respetarlas reglas de juego, no reconocer a quien gana, no reconocer absolutamente nada que no sea uno mismo.
Lo que sucedió en el Capitolio no es más que el odio calando hasta los huesos, construir un país sobre la leyenda buenos y malos solo conduce al enfrentamiento más atroz. Resultaba evidente, al día siguiente, quienes eran los buenos y cuales los malos ¿habremos aprendido? ¿Sabremos todas y todos analizar convenientemente todo lo que está sucediendo? Yo espero que sí, es más, no solo esperar sino no cejar en ello, el desánimo, la desesperación o aún más peligrosa resulta la equidistancia ante el ataque al corazón de una democracia, sus instituciones, sus representantes.
La democracia se protege y se mima entre todas y todos, en un estado libre, moderno y democrático es nuestra obligación, sin titubeos, sin excusas, sin excepciones













