El PP vuelve a utilizar la muerte como arma arrojadiza para concebir la teoría de los monstruos como único argumento existencial. 
La falta de decencia con la que el PP ha actuado, sistemáticamente, con respecto al terrorismo y sus víctimas, no deja de causar estupor en quienes entendemos que un proceso de pacificación requiere de altura de miras y un marcado espíritu constructivo para avanzar hacia una sociedad en paz, serena, con optimismo en el futuro.
No ha ocurrido con las diferentes direcciones del PP que han oscilado entre los movimientos de liberación, el acercamiento de presos y las rimbombancias radicales para el electorado neo franquista que aún les vota por ausencia de más ofertas reaccionarias –por suerte-.
Hacer electoralismo con las muertes y con las vidas ajenas retrata la catadura moral de quienes convergen a diario en falacias y manipulaciones para construir el relato paralelo que, siguiendo la repetición premeditada de la mentira, aún creen imprescindible para mantenerse en el poder.
Porque no nos confundamos: la democracia, para ellos, para el PP, es el pretexto para remodelar un status quo histórico con aires de rejuvenecimiento pero que, a pesar de sus maquillajes, no deja de desprender aroma a rancia estirpe venida a menos por el avance de la ciudadanía hacia los derechos que siempre debió tener y que hoy, una vez más, la derecha nos quita a golpe de decretos totalizadores pero carentes de representatividad.
Este gobierno lanza los muertos sobre la mesa de sus miserias sin el menor reparo. Un día decide que ETA no está derrotada y otro que las mujeres no tienen derecho a decidir sobre sus vidas. Este gobierno segrega en la educación y avanza en la represión argumentando desde la mentira y jamás desde la comprensión.
El PP no sabe coexistir con las libertades ajenas si no es a partir de la teoría del miedo y de los monstruos. El nacionalismo, ETA y la cohesión territorial han sido en cada uno de sus gobiernos la hipótesis existencial mientras inflaban la burbuja, pululaban las licitaciones y privatizaban lo público al compás de su desprestigio y desprotección.
La indignación que nos debe provocar las actuaciones de los fariseos de la moral, ha de verse reflejada en la acción ciudadana, en la participación y en la lucha cotidiana contra quienes sostienen los privilegios por encima de los méritos. Estamos ante el principio del fin de un gobierno que atenta a diario contra la libertad de las personas y esto ha sucedido también porque como sociedad hemos dormido en los laureles de una realidad adormecida en el consumo.
Hoy sabemos que podemos perder todo lo que construimos y que, por tanto, debemos evitar desde cada espacio que ocupemos, que quienes juegan con la vida y con la muerte por un puñado de votos, tengan la posibilidad de decidir el destino de los nuestros. Sería imperdonable y, sobre todo, irremediable.














