Voltaire decía que aunque no piense como otra persona, daría su vida para que esa persona pudiera expresar su pensamiento. Se llama libertad, se llama democracia y es esa la auténtica y definitiva línea roja que debemos respetar.
Cuando hace pocos años, con el advenimiento de la “nueva política”, los platós de televisión desacreditaban a un partido con 142 años de historia, caracterizado por la defensa de la libertad, la igualdad y la justicia social, estaban manteniendo un debate lleno de adjetivos y vacío de argumentos y la mejor prueba de ello es que seguimos aquí, siendo importantes en la vida de la gente, mientras alguno de aquellos “profetas” han desaparecido.
Las generalizaciones son un reflejo pobre de nuestra miopía y en mis largos años de militancia, mi Partido, el PSOE, me ha enseñado a respetar y a pedir respeto, a no contribuir a lo que nos separa y tender puentes para unir, consensuar y entender que, cuando nos votan y cuando no, hay razones.
Ni la sociedad madrileña es fascista, ni la dicotomía libertad o fascismo era válida. La gente, a la larga, apuesta siempre por un proyecto serio de sociedad, de país, de territorio y, de vez en cuando, cuando no ve eso en las ofertas políticas, se decide por el voto útil. O lo que considera útil para su vida.
Por tanto, dedicarse a señalar con suficiencia a quienes votaron otra opción a la nuestra, no es correcto ni inteligente. La sociedad fluctúa, cambia, se transforma y provocar, con nuestro auténtico proyecto, esa transformación para mejorar la vida de la ciudadanía, es nuestro deber y nuestro trabajo.
Hemos estado y estaremos en el gobierno y en la oposición. Cuando gobernamos debemos intentar construir acuerdos con el diálogo permanente, cuando estamos en la oposición debemos dar alternativas y contribuir al entendimiento, porque nuestro país es plural y no, no hay trincheras ni barricadas.
Habrá un futuro si somos capaces de movernos en un espacio de debate sosegado en el que no contestemos ni confrontemos con el odio y, como decía Zapatero, demos una sonrisa a la descalificación.
Entrar en el ruido, en el gesto adusto y en la descalificación, sería acumular errores y desenfocarnos. Lo que realmente importa, para lo que realmente estamos aquí, es para resolver problemas, para ser útiles, para exponer un proyecto serio que nos guíe hacia la esperanza, la de un país sin odios, con ideas, sin revanchismos, con concordia.
No es una utopía la convivencia. Es un camino por el que transitar y edificar los cimientos para crecer, juntas, juntos, sin rencor, con disidencia, pero en libertad. Igual que hace cuarenta años.













