Cuando el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer (1788-1860), escribió “todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad”, no podía imaginarse que hoy, en pleno siglo XXI, y habiendo sufrido, en nombre de las patrias y de las naciones, los mayores genocidios, existiría lo que Oscar Wilde (1854-1900) llamaba la “virtud de los depravados”, es decir, patriotas de barra de bar.
En este juego de citas, voy a hacer mía la de Hermann Hesse (1877-1962), esa en la que aseguraba no renegar del patriotismo, “pero primeramente soy un ser humano, y cuando ambas cosas son incompatibles, siempre le doy la razón al ser humano.”
En consecuencia, como parte de una unidad social organizada, llamada España, recurro a las conductas de los seres humanos que comparten tiempo y espacio con los demás, para sentir ese orgullo del que tanto alardean otros, escondidos en banderas que nunca honraron, en el odio que los moviliza y en el lodazal en el que quieren convertir a la sociedad.
El lunes pasado escribí un tweet, parafraseando al buen artículo de Pablo Calvo en el Hoy que, efectivamente, “hay muchas formas de sentirse orgulloso de un país, yo elijo la de sentirme así por pertenecer a uno que es capaz de garantizar que nadie caiga en la pobreza ante la indiferencia de los demás.”
El recientemente incorporado Ingreso Mínimo Vital no es, como hacen creer los que siempre se han lucrado con el esfuerzo ajeno, una paga para vagos. Es, por el contrario, una bocanada de aire para aquellos hogares golpeados por una pandemia bestial cuando aún sufrían las consecuencias de una crisis económica que la derecha decidió que debía ser pagada por los que menos tienen.
Así, la derecha eliminó redes de protección a los que la crisis tiró a la calle. Decidió que los hospitales eran un gasto superfluo y hoy sufrimos sus devastadoras consecuencias. Estos dos ejemplos son simples conductas políticas de quienes se hacen llamar patriotas, de quienes dicen sentir orgullo por su patria pero que en cada política la pisotean y la ensucian con odio hoy, con corrupción ayer.
Por tanto, mi orgullo, el que nos permite avanzar en paz como civilización, es el de saber que siempre hay dos caminos. Uno se llama exclusión. El nuestro se llama inclusión, justicia social, igualdad. Vienen tiempos malos y el esfuerzo de unos irá destinado a fortalecer el sistema sanitario que debilitaron los que creen que los impuestos son un capricho. Saldremos adelante juntas y juntos, solidariamente, sin mezquindades, al ritmo necesario para que nadie se quede tirado. Eso se debería llamar patriotismo.













