Artículo de Raúl Vázquez, Delegado Territorial del PSOE en Campo Arañuelo.
La agricultura y la ganadería necesitan relevo. Europa, los Estados y las Comunidades Autónomas insisten en incorporar jóvenes a estos sectores, y es razonable que lo hagan, pero creo que debemos ampliar la mirada. Garantizar la producción agraria y conseguir que nuestros pueblos tengan futuro son dos responsabilidades conectadas que requieren apuestas propias. Las instituciones deben entender que los jóvenes pueden incorporarse a lo que sea de su interés y desde donde sea posible para ellos y ellas.
En 1977, los Pactos de la Moncloa incluyeron compromisos sobre arrendamientos rústicos, cooperativas y rentas agrarias. Antes de su firma, en junio de aquel año, ya se habían regulado créditos para facilitar la incorporación de jóvenes agricultores. Casi medio siglo después, el acceso a la tierra y a la financiación sigue entre las preocupaciones del relevo. Deberíamos aprovechar aquel precedente de acuerdo político para asumir compromisos duraderos con el medio rural, adaptados a las nuevas profesiones, a las tecnologías y a los nuevos proyectos de vida de los jóvenes de hoy.
La recomendación de EPA!, una red de jóvenes y proyectos del medio rural, refuerza esa mirada al relacionar el relevo agrario con los servicios, la cultura y la participación juvenil. Reclama que las políticas se decidan con los propios jóvenes y que sus asociaciones, también las informales, tengan voz y recursos. Es un punto de partida para pensar cómo ampliar las posibilidades de vivir y trabajar en nuestros pueblos.
El campo necesita personas que quieran trabajar en él en condiciones dignas. Hay jóvenes dispuestos que encuentran dificultades en el acceso a la tierra, la financiación o la rentabilidad de las explotaciones. Estos merecen un apoyo total y decidido. También hay quienes apuestan por otra profesión relacionada con su formación y estudios, y el haber nacido en un pueblo no debería obligarlos a continuar el oficio familiar o abandonar el pueblo para desarrollarse profesionalmente. O cogemos esta vía de apoyo o la recolonización rural con latifundios y fondos de inversión sin sentimientos ni conocimiento del medio puede acabar con la cultura agraria, tradiciones y toda la filosofía que ha emergido de las apuestas decididas por mantener vivos nuestros pueblos.
Las nuevas incorporaciones son insuficientes, por algo será. Cuando una explotación se queda sin continuidad, se abre la puerta a un latifundismo de nuevo cuño controlado por multinacionales y fondos de inversión. Corresponde pensar cómo sostener la producción y el medio rural: tecnología, organización del trabajo, cooperativas, servicios compartidos, continuidad de las explotaciones y rentabilidad. Eso también exige precios justos y canales de comercialización que permitan vivir del trabajo. Una política responsable debe tener respuestas para ese escenario, además de ayudas y buenas intenciones.
Las medidas propuestas reclaman un asesoramiento público que acompañe desde el proyecto hasta su funcionamiento, con apoyo para los trámites y la viabilidad económica, y espacios de prueba para conocer el oficio antes de instalarse. Además, esa experiencia previa no debe cerrar el acceso a las ayudas de primera incorporación. En nuestros pueblos, ese acompañamiento podría unir a quienes se jubilan con quienes quieren empezar (antiguo “cese anticipado” o similar), compartiendo tierra, instalaciones y conocimientos.
Al mismo tiempo, necesitamos que los jóvenes puedan quedarse, regresar o instalarse en el medio rural siendo arquitectos, maestros, médicos, escritores, informáticos, ingenieros o investigadores. La tecnología y las redes permiten posibilidades que debemos aprovechar, y para convertirlas en vidas reales hacen falta vivienda asequible, servicios públicos, conectividad fiable, transporte, cuidados y oportunidades profesionales… abrir las puertas necesarias también dentro del pueblo.
Podemos ir más allá. Imagino a mi hija, historiadora del arte, ejerciendo su profesión y cultivando kiwis en las dos hectáreas familiares que hoy no se cultivan. O que Raúl, el hijo de Gema, pueda compaginar su curro en Enteco con la cría de tencas en la charca de sus abuelos. Héctor teletrabajando para una financiera de Madrid y a la vez cultivando cereal en la parcela de sus padres. Mi otra hija, maestra, criando merinos precoces en la parcela de su madre, o el hijo de mi amigo Carlos, ingeniero agrónomo, produciendo tomates o tabaco y además desarrollando sus conocimientos en la cooperativa o en la fábrica del pueblo.
Son proyectos que habría que estudiar, organizar y hacer viables. Necesitarían asesoramiento, servicios agrarios y colaboración para compatibilizarlos. Nuevas posibilidades de incorporación que merecen todo el apoyo; en definitiva, jóvenes profesionales pluriactivos que puedan construir su vida en el pueblo y mantener la actividad agraria. Hacen falta también servicios de sustitución que permitan atender los cuidados, afrontar una enfermedad o descansar sin dejar desatendida la explotación.
Seamos conscientes de su alcance: estas personas no van a resolver por sí solas nuestras necesidades productivas. Su contribución puede ser limitada en volumen, pero muy valiosa para otro objetivo que tanto proclaman las políticas públicas: la permanencia y fijación de población en el medio rural.
Las nueve provincias de Castilla y León, las cinco de Castilla-La Mancha y las dos de Extremadura, junto a Ourense, La Rioja, Teruel y Jaén, sumaban en enero de 2025 unos 6,96 millones de habitantes, frente a los 7,14 millones de Madrid. Una población casi equivalente repartida por unos 256.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente treinta y dos veces la superficie madrileña. Son provincias que también tienen ciudades, pero cuya extensión incluye muchos pueblos, cultivos, pastos y montes. Esta comparación ayuda a entender lo que está en juego.
Pongamos en valor el cuidado y el mantenimiento del territorio, con usos agrarios o pastoreos adecuados que formen parte de una gestión ambiental sostenible y preventiva frente a los incendios que tanto nos acechan en los últimos veranos. Hay que reconocer y remunerar estos servicios ambientales. Ese trabajo debería poder acreditarse y recibir una compensación cuando se demuestre su beneficio para el medio rural.
Mantener servicios entre pueblos dispersos exige atender a los kilómetros y a las distancias, además de al número de vecinos. No podemos pedir que se siga cultivando, pastoreando y cuidando el territorio y, a la vez, considerar prescindibles los medios que permiten vivir en él. Esa tarea beneficia al conjunto del país y necesita una financiación compartida. Por eso también importa que llegue y permanezca gente con otras profesiones, cada proyecto viable suma vida y capacidad para sostener estos pueblos.
Las apuestas políticas deberían facilitar estas formas de vida con ayudas adaptadas a la dedicación y viabilidad de las incorporaciones en pluriactividad, recuperación de viviendas, empleo cualificado y servicios agrarios compartidos, con puestos de trabajo estables y condiciones atractivas para médicos, maestros, veterinarios, conductores, carpinteros, albañiles, electricistas y demás profesionales que nuestros pueblos necesitan. Europa, el Estado, las Comunidades Autónomas, las Diputaciones y los Ayuntamientos deben convertir esa coordinación en presupuestos y actuaciones concretas.
Pedir a los jóvenes de la generación Z que se queden resulta bastante más fácil que ofrecerles razones para hacerlo. Una incorporación subvencionada puede lucir mucho en una estadística; su verdadero éxito debería comprobarse años después, cuando esa persona siga viviendo allí y pueda sostener su proyecto. Nuestros pueblos tienen sitio para sus hijos, para quienes regresan y para quienes llegan. Para distintas profesiones, procedencias y maneras de vivir. A quienes deciden sobre estas políticas hay que decirles que nos sobra espacio para incorporar.
Tenemos infinidad de espacios y medios para darles a los jóvenes el mejor de los presentes, la mejor vida a futuro; en cualquiera de nuestros pueblos podemos construir viviendas de calidad y asequibles con menores costes y mayor rapidez (sin buitres obstaculizando o negociando); en cualquiera de nuestros pueblos podemos crear condiciones sociolaborales atractivas para desarrollar proyectos empresariales autónomos o de gran escala; en cualquiera de nuestros pueblos podemos ser capaces de construir barcos sentados en el sifón de riego de cualquiera de nuestras parcelas; en cualquiera de nuestros pueblos podemos aprovechar las sombras de nuestras encinas u olivos para abrir nuestras mentes al mejor de los futuros.














