Analizamos en este breve espacio el futuro de la educación pública si queremos ser un país de vanguardia y no de cambio caprichoso en el ámbito del conocimiento. 
Eduardo Madina, parafraseando a Mario Benedetti, no es de los que vende simulacros, sino uno de los exponentes de la excepcionalidad que estos tiempos requieren –perdón por la aliteración-. Cito al vasco para recordar lo que dijo hace pocos días en San Sebastián de los Reyes:
«El partido tiene que presentar un programa valiente, sólido, renovado, históricamente trascendente y, cumplirlo (…) El PSOE sólo se recompondrá cuando demuestre valentía».
Es evidente que, en materia educativa, el avance durante los gobiernos socialistas ha sido evidente porque de una generación iletrada hemos pasado a otra universitaria. Lo que en otros países costó sangre, por suerte y gracias a la altura de sus líderes, en España fue un ejercicio político que, para variar, no hemos sabido valorar todo lo que se merece.
Hoy, y sin entrar a profundizar en la inquisitorial concepción de la enseñanza que tiene la derecha, el país necesita una revolución en materia educativa. Primero, porque un pueblo sin educación a la altura del futuro será un conjunto de obediencias uniformes y, segundo, porque España debe ser competitiva a partir del conocimiento y la innovación. No nos queda otra que pelear desde allí el bienestar de las próximas décadas.
Para ello, debemos remover vetustas estructuras y flexibilizar no el mercado laboral, analogía cínica del nuevo esclavismo, sino el acceso al servicio público. Debemos, sin complejos, defender el derecho al estudio y premiar el mérito de los capaces. Y que esto no despierte ampollas ni haga sucumbir a nadie en la falsa concepción de igualdades ante el demérito.
Las becas y el apoyo extraescolar han de ser las herramientas infaltables para una educación de calidad y, sobre todo, de iguales. Pero, y lo pregunto para generar debate y reflexión, no para acalorar a los que cambian poco para seguir igual que siempre: ¿por qué no permitir que los mejores expedientes académicos tengan la opción directa de ser trabajadores del Estado? ¿Por qué poner el grito en el cielo ante la fuga de cerebros si no hacemos otra cosa que, una vez matriculados en el honor, ponerle oposiciones u obligarles a felatios en grupúsculos universitarios endogámicos?
Ser valientes, desde mi punto de vista, es fomentar la capacidad de abstracción, el enseñar a pensar para ejecutar capacidades relacionadas entre los diferentes niveles del conocimiento, la realidad, la historia y la filosofía. Sumar y ser Pitágoras para edificar un pensamiento libre y creativo desde los valores de igualdad, tolerancia, mérito y esfuerzo. Premiar la capacidad y que la capacidad sea un cúmulo de virtudes con el objetivo de conseguir que la sociedad disfrute de dicha excelencia. Formar y perder al formado es una de las tantas estupideces que hemos vivido siempre.
Nada es más igualitario que facilitar las mismas herramientas para todos. En este sentido, la inmigración no hispanoparlante debe contar con un tiempo de adaptación y conocimiento del lenguaje y del medio antes de ser integrada en un curso de 30 alumnos. Si lanzas, digamos, un estudiante ruso, nada más llegar, a un curso por edad, lograrás que lo marginen, que no aprenda y que no se considere a sí mismo como un igual, sino siempre como extranjero. El estado debe contribuir a su adaptación facilitándole en uno o dos años el nivel idiomático necesario para entender a sus compañeros. Entender es igualdad.
Por último, en este breve resumen, decir que el profesorado debe adaptarse a los nuevos tiempos es una perogrullada. La pregunta es cómo. El sistema de preparación no responde a lo que el futuro requerirá. La gran e imperiosa necesidad apunta a cómo aprender a enseñar factores que hasta hoy no se han notado en las aulas. No tenemos un sistema preparado para captar y potenciar vocaciones dentro de un marco integral de aprendizaje. Las técnicas de estudio son similares y la memoria no está subordinada a la capacidad de relación porque hemos dejado de estudiar interdisciplinariamente.
En conclusión: aprender a leer y escribir desde los 3 años es una aberración endémica que genera repetidores de tablas sin capacidad de análisis en un proceso de enseñanza que debe invocar a la participación creativa. Debemos acabar para siempre con un Estado que genere individuos sin capacidad crítica porque, además de todo, la innovación es producto de la curiosidad. No hagamos que la curiosidad dependa de la suerte o del entorno familiar y su billetera. Seamos valientes y debatamos el cambio trascendente que los tiempos piden a gritos.














