El otro día escuchaba decir que el deporte ayuda a abrir a países que están cerrados. Yo creo, por matizar un poco, que el deporte, cuando va a sitios que no respeta los derechos elementales de las personas, lo que hace es legitimarlos ante el mundo y dar oxígeno a sus sistemas de opresión.
No. No me vale que se pongan paños tibios y que se aclare que, por ejemplo, las mujeres podrán asistir a ver ciertos partidos y que se potenciará una competición femenina allí donde el deporte también está prohibido para las mujeres. No me vale porque es partir de la excepcionalidad para justificar una regla que implica a la mujer como propiedad del hombre en todas las actividades cotidianas y mundanas, sea donde sea.
Jugar en países que no respetan la igualdad es mercantilizar el deporte que se conforma con un parche de respect en las camisetas mientras que prioriza el negocio a costa de la desigualdad de género.
Porque a diferencia de lo que creen algunos, ir a jugar a esos países no ayuda a abrirlos a la igualdad, sino a relativizar aquí, y poner en la balanza que lo que importa es el negocio y los millones que caerán de este lado de la frontera. Y, de paso, hago mi pregunta ingenua del día: ¿equipararán con ese dineral la brecha salarial entre mujeres y hombres futbolistas?
El deporte, creo humildemente, es un maravilloso vehículo para transmitir valores y entre esos valores también se encuentra la resistencia. Resistir ante la tentación del dinero, resistir al precio que nos pagan para blanquear la desigualdad, resistir para dejar de ser marionetas divertidas de un lujo obsceno pero que no sirve de nada si se basa en la opresión y en la falta de libertad.
Si aspiramos a que nuestra forma de convivencia no explote por culpa de quienes hacen de las banderas y del odio el falso amor por la patria desde dos trincheras mucho más parecidas que diferentes, no podemos cometer errores de bulto, tentados por el dinero que paga el silencio y la aprobación -tácita- de una forma de vida ajena pero que, si no la combatimos, estaremos aceptando.
Y no. No debemos aceptar la desigualdad de género, sea donde sea. No debemos aceptar la falta de libertades en nombre de nada ni de nadie y no, no nos debemos prestar a legitimar una desigualdad que coloca a las mujeres como propiedad del hombre. No es no, también fuera de nuestras fronteras. Así debería ser.













