Blanca Martín: «El lenguaje partidista»

“Las lenguas son gigantescas construcciones culturales creadas por los seres humanos, y como todo lo que está vivo, varían con el tiempo, evolucionan a la par que están siendo usadas. Las lenguas son formas diferentes de expresar la realidad; son herramientas para la comunicación entre los seres humanos. En diez mil años de existencia, la humanidad ha mejorado sus herramientas hasta llegar a la alta tecnología espacial, de modo que, si el lenguaje verbal es una herramienta, es obvio que también puede evolucionar al mismo paso que la sociedad que la usa.”

El párrafo anterior es de la escritora Coral Herrera Gómez y nos deja muy claro que la herramienta verbal no es un hecho espontáneo ni banal. Es, por el contrario, un vehículo en el que se imponen valores culturales, formas de convivencia y estructuras de poder. El lenguaje, en definitiva, es la esencia misma de cualquier entramado social.

“Así pues, se entiende perfectamente que en una sociedad donde la feminidad es sinónimo de oscuridad, debilidad, maldad, cobardía, estupidez, y mil cosas negativas más, su lenguaje sea sexista. Lo que no se entiende es por qué los académicos y l@s purist@s se llevan las manos a la cabeza, escandalizados por los cambios que el lenguaje está experimentando en los últimos años. A los de la R.A.E. les parece muy moderno incluir vocablos de uso popular, pero defienden con uñas y dientes la «economía» del lenguaje, el uso del masculino como género neutro, y la estructura que permite que el mundo sea pensado en masculino.”

Es evidente que el intento por apologizar la neutralidad del masculino es, a todas luces, uno de los últimos intentos de la cultura patriarcal por parar lo que es imparable, es decir, una lengua que viva, móvil, dinámica y cambiante, se postule ante nosotras y nosotros como un fiel reflejo de la realidad, vaya paradoja, también cambiante. La realidad cambia el lenguaje y el lenguaje cambia la realidad.

El lenguaje, esa facultad que los seres humanos nos empeñamos en empobrecer con nuestra incapacidad cotidiana para entendernos en la discrepancia y el acuerdo, ata o libera a las sociedades que se debaten entre las telarañas del pasado y las luces que prometen una sociedad en igualdad.

Así pues, cualquier razonamiento que equipare a mujeres con hombres, a hombres con mujeres, debe adaptarse y reflejar la condición diferencial de género y no embeberse en una falsa e histórica neutralidad para continuar invisibilizando a la mujer y para aspirar a eternizar el dominio patriarcal.

Las vanguardias, al principio del siglo XX, se proponían cambiar para siempre un lenguaje -verbal, musical, pictórico- y abordar el futuro con una nueva forma de entender y de entendernos. Hoy, el lenguaje se adapta fácilmente, desde el seno de las decisiones, a los cambios tecnológicos, pero deja en el camino, deliberadamente, todo lo que le huele a feminismo. Ni el lenguaje ni las personas, son neutrales y en esa batalla también debemos, las y los feministas, plantar bandera.

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