Blanca Martín es Presidenta de la Asamblea de Extremadura.
No hay forma de entender, más allá de lo binario, el pensamiento de ciertos hombres, a partir de sus dudas, de sus complejos y, en definitiva, de sus miedos a “lo desconocido”, acerca de lo que somos las mujeres, y de lo que, explícitamente, el pintor francés Gustave Courbert llamó El origen del mundo.
La obra, expuesta en el Museo de Orsay, fue pintada en 1866, dentro de un contexto social puritano en el que el desnudo y el deseo femeninos eran, como quieren algunos hoy, elementos prohibidos, una razón más para invisibilizar y enjuiciar a las mujeres.
Esa sensación la tenemos también en política. No es igualmente comentado lo que hace y dice una mujer, que lo que hace y dice un hombre desde el púlpito de su masculinidad, mal entendida, claro, y casi siempre espejo que refleja sus complejos, en este caso, intelectuales.
Las mujeres seguimos estando en riesgo. Los discursos de odio no son el único enemigo para nosotras. Además, las conductas imperceptibles, los recelos constantes, las conjeturas por género y el enjuiciamiento selectivo, hacen tanto o más daño que las frases ignominiosas de las que somos el gran objetivo.
Las mujeres seguimos estando en riesgo. Los discursos de odio no son el único enemigo para nosotras. Además, las conductas imperceptibles, los recelos constantes, las conjeturas por género y el enjuiciamiento selectivo, hacen tanto o más daño que las frases ignominiosas de las que somos el gran objetivo.
Aun siendo una privilegiada por el cargo que ocupo, no dejo de sufrir en mis propias carnes las acciones que corroen nuestra integridad, que ponen en duda nuestra capacidad y que acaban por convertir el debate en un lodazal machista.
Hay días en los que parece que seguimos viviendo en el siglo XIX, envueltas en un halo de desprecio que resulta, a estas alturas, insoportable. Recordemos que la vagina y el vientre pintados por Courbert fue censurado en 2011 por Facebook, estercolero en el que el odio cabe, pero El origen del mundo es ¡¡un atentado contra la moralidad de los hipócritas.
No queda otra que seguir dando pelea en todos los frentes, luchar en cada trinchera, atravesar cada muro que nos quieren imponer con soflamas directas o micromachismos de dudosa sutileza. Estamos, las mujeres, ¡hasta el origen del mundo!
No hay mayor igualdad que el respeto mutuo y mucho más en espacios de representación pública. Elevar el nivel, o intentarlo, es imprescindible y para aquellos hombres con complejos, terapia.













