Blanca Martín Delgado, Presidenta de la Asamblea de Extremadura, reflexiona sobre la igualdad y la necesidad de cambiar una forma de pensar anacrónica. 
“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo si, como yo, se juzga capaz de actuación…”
Clara Campoamor
Cuando una cree que la capacidad de asombro ha sido colmada y que ya nada puede sorprender, leo en El País que “el 63% de los españoles cree que las mujeres no valen para científicas de alto nivel”.
No merece la pena discutir las cifras sino mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta que en esta lucha por la igualdad nos queda aún mucho camino por andar. El objetivo es que un día, nuestro trabajo acabe con la necesidad de las consignas y con la enunciación de la palabra misma.
A pesar de todo lo que hemos hecho y del progreso conseguido en materia de equiparación de derechos entre mujeres y hombres, mientras debamos seguir reivindicando la palabra igualdad, estaremos ante un anhelo, ante una esperanza y ante una ilusión. Yo, como mujer y como política me niego a vivir de anhelos y de pequeños avances.
Quienes ocupamos responsabilidades, liderazgos, puestos de relevancia, tenemos dos opciones: asumir el lastre de una cultura arraigada en el anacronismo o liderar el cambio definitivo que consiga la igualdad real. Yo asumo la responsabilidad de la segunda opción.
En este país debemos avanzar en la unidad de valores y no solo en la unidad de símbolos patrios. Yo me sumo a la convicción de que nuestra única patria es la igualdad. Es obligatorio para la convivencia y el desarrollo de las individualidades de un país que se precie como modelo de sociedad, al menos, contemporánea, aplicar la igualdad en todos los niveles, asumir la presencia de las mujeres de ciencias, de letras, de negocios como parte natural de un paisaje que todavía está construir.
Es inaceptable que elijan por nosotras cuándo y cómo ser madres, es inaceptable incluso, que un colectivo o que los poderes fácticos tengan la veleidad de decirnos cómo sentir y cómo ser madres. Necesitamos un cambio cultural definitivo que se aplique con políticas educativas que no transijan nunca ante el ataque del despotismo de los que aspiran a digitar nuestras vidas.
Cuando la mayoría de una sociedad piensa que las mujeres somos incapaces de seguir a Emmy Noether y su álgebra abstracta, de contribuir a los estudios sobre radioactividad de Marie Curie, o de asumir la lucha por las libertades de Clara Campoamor, es que tenemos un problema grave. Si a todo esto sumamos la violencia machista que prolifera entre adolescentes –también-, nos damos cuenta que estamos ante una encrucijada.
España como tal, no sólo debe encontrar su sentido en las tradiciones y en los símbolos. El sentido de todo gran país lo ha de significar el grado de igualdad de género y la eliminación de diferencias ante las oportunidades. Un país que duda de sus mujeres, un país que no es capaz de erradicar el femicidio, un país que no garantiza el futuro en igualdad de todos sus habitantes, es un país inconcluso. Y en esta materia nos encontramos: luchar por la igualdad real hasta dejar de hablar de ella.














