Clara Jiménez: «Del feudo global al cortijo regional»

Artículo de Clara Jiménez Santos, Secretaria de igualdad del PSOE de la provincia de Cáceres.

Hemos empezado el año con una sensación inquietantemente familiar, como si alguien hubiera decidido desempolvar el manual de la Edad Media y aplicarlo, sin complejos, a la política del siglo XXI. A escala internacional asistimos a un auténtico juego de tronos: presidentes que se quitan y se ponen, invasiones que se anuncian con épica rancia, líderes que confunden gobernar con conquistar. No hay dragones, pero sí demasiados señores convencidos de que la testosterona sigue siendo una forma legítima de poder.

En ese tablero global las piezas se mueven rápido y casi siempre son las mismas. Hombres muy solemnes, muy seguros de sí mismos, muy dispuestos a decidir sobre la vida de millones. Y mientras ellos juegan, una pregunta incómoda vuelve a aparecer: ¿dónde quedamos las mujeres cuando el mundo decide retroceder siglos? Porque en las guerras, grandes o pequeñas, nunca somos sujeto político, sino escenario. No decidimos los conflictos, pero los sufrimos. No firmamos los pactos, pero cargamos con las consecuencias.

El problema es que este viaje al pasado no se queda en lo internacional. Del feudo global pasamos, sin transición, al cortijo regional. Basta mirar cómo VOX negocia con el PP de Guardiola para comprobar que la Edad Media también tiene versión autonómica. Aquí no hacen falta ejércitos ni armaduras, basta una mesa de negociación y la voluntad expresa de recortar derechos.

¿Dónde quedamos las mujeres cuando el mundo decide retroceder siglos? Porque en las guerras, grandes o pequeñas, nunca somos sujeto político, sino escenario. No decidimos los conflictos, pero los sufrimos. No firmamos los pactos, pero cargamos con las consecuencias.

Hablan sin sonrojarse de eliminar ayudas en igualdad, en diversidad LGTBI, a asociaciones sin ánimo de lucro, a sindicatos. Lo hacen con la ligereza de quien cree que los derechos son accesorios y no pilares democráticos. Llaman “chiringuitos” a lo que protege, acompaña y sostiene. Y no es una palabra inocente, es una forma de ir preparando el terreno para el desmantelamiento.

Ayer mismo lo comprobé en primera persona. En mi trabajo, en una consulta de psicoterapia acompañando a mujeres víctimas de violencia de género, un señor entró a amenazarme. Con desprecio y un tono triunfal, me dijo que “ya pronto se iba a acabar con este chiringuito”. Así, sin más. Ese es el clima que se está alimentando. Ese es el resultado de señalar, de deshumanizar, de convertir la igualdad en diana.

Nos quieren amedrentar. Quieren que bajemos la voz, que cerremos puertas y consultas, que desaparezcamos del espacio público. Es una estrategia vieja, muy medieval: intimidar para recuperar privilegios, asustar para imponer silencio, llamar gasto a lo que en realidad es justicia.

Pero conviene decirlo claro: cuando se recortan políticas de igualdad no se ahorra, se retrocede. Cuando se persigue al feminismo no se gobierna mejor, se gobierna peor. Y cuando se ataca a asociaciones y sindicatos, se rompe el tejido social que sostiene la vida cuando los discursos grandilocuentes se quedan vacíos.

Desde Extremadura, desde Cáceres, desde el compromiso firme con la igualdad, no vamos a normalizar este trueque de derechos por sillones ni estas amenazas disfrazadas de opinión. Porque ya conocemos el final de estas historias: unos pocos creyéndose señores del castillo y muchas pagando el precio. Y esta vez, aunque algunos sueñen con volver al Medievo, las mujeres no pensamos desaparecer del relato.

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