Artículo de Clara Jiménez Santos, Secretaria de igualdad del PSOE de la provincia de Cáceres.
“El silencio de los compañeros que saben lo que ocurre y callan, es complicidad”.
(Adriana Lastra, Comité Federal del PSOE, julio de 2025).
Las palabras de Adriana Lastra el pasado fin de semana no fueron cómodas, pero fueron necesarias. Porque cuando una mujer feminista alza la voz suele convertirse en blanco fácil. No se cuestiona lo que dice, sino que se desacredita a quien lo dice.
Me quiero detener en una frase clave: “el silencio de los compañeros que saben lo que ocurre y callan, es complicidad”. No se trata solo de un reproche hacia dentro del PSOE. Es un espejo para toda la sociedad. Lo vemos también en nuestros trabajos, en nuestras familias, en los chats de amigos, en las instituciones. En todos esos espacios donde los hombres que se consideran “buenos” eligen callar ante comentarios, comportamientos o decisiones machistas.
Y ese silencio no es neutro, es una forma de sostener el orden injusto, de dejar intacta la estructura.
No basta con no considerarse machista. No basta con ir a manifestaciones, con pronunciar discursos impecables o con firmar manifiestos abolicionistas. Es necesario posicionarse, intervenir, incomodar cuando toque.
No basta con no considerarse machista. No basta con ir a manifestaciones, con pronunciar discursos impecables o con firmar manifiestos abolicionistas. Es necesario posicionarse, intervenir, incomodar cuando toque. No se puede ser aliado de la igualdad solo en lo público y luego desaparecer cuando una compañera es ridiculizada, ignorada o dejada sola frente al desprecio.
Dentro de mi partido también pasa, como bien denunció Adriana Lastra. Pero no es un mal exclusivo del PSOE. Es una expresión más del patriarcado que sigue atravesando todos los ámbitos. Y por eso, la responsabilidad no recae solo en los “malos” ni en los políticos. Recae en cada uno de los que saben lo que ocurre y miran hacia otro lado.
Ese silencio sutil, pasivo, aparentemente inofensivo, es el cemento del machismo cotidiano. Lo perpetúa y lo normaliza.
Pero también sé que hay hombres que ya están dando el paso, compañeros que no solo escuchan, sino que alzan la voz, se plantan, nos apoyan. A ellos, gracias. Necesitamos más como ellos. Los queremos a nuestro lado no como salvadores, sino como compañeros. Queremos que sean conscientes de que la igualdad se construye codo a codo, también aquí, en nuestra provincia, en nuestros pueblos, en nuestras agrupaciones, en nuestra vida cotidiana.
Porque avanzar hacia una sociedad más justa no es cosa de mujeres, es una tarea colectiva. Y el momento de asumirla, también para los hombres buenos, es ahora. Llevamos demasiado tiempo esperando.














