Articulo de Clara Jiménez Santos, Secretaria de igualdad del PSOE de la provincia de Cáceres.
Hace apenas unas semanas asistimos a un nuevo episodio de violencia machista en el ámbito público. La ministra Pilar Alegría recibió una oleada de insultos intolerables por el simple hecho de ser mujer y ejercer su cargo. No es un caso aislado ni una excepción desafortunada. Es, lamentablemente, una manifestación más de un patrón de violencia que sufrimos muchas mujeres que hemos decidido comprometernos con la política.
La política debería ser un espacio de debate, de confrontación de ideas. Pero para nosotras, demasiado a menudo, también se convierte en un campo de batalla donde se cuestiona no lo que pensamos o proponemos, sino quiénes somos. La crítica legítima a nuestras acciones u opiniones se ve contaminada por ataques personales, sexuales, humillaciones y amenazas que no tienen otro fin que silenciarnos y apartarnos.
La política debería ser un espacio de debate, de confrontación de ideas. Pero para nosotras, demasiado a menudo, también se convierte en un campo de batalla donde se cuestiona no lo que pensamos o proponemos, sino quiénes somos.
Muchas veces, esos ataques adoptan una forma especialmente cruel y degradante. Comentarios de índole sexual que buscan reducirnos a un cuerpo, cosificarnos y ridiculizarnos. Se nos sexualiza, se nos insulta, se nos humilla con palabras y alusiones que jamás se dirigirían a un hombre. Esa violencia no es sólo un ataque a la dignidad individual, es una estrategia para perpetuar un sistema desigual que castiga a las mujeres por atreverse a tener voz y poder. En lugar de debatir nuestras propuestas, se nos juzga por la ropa que llevamos, por nuestro físico o nuestra edad, como si nuestra valía dependiera de ajustarnos a un canon impuesto y no de nuestras capacidades y logros.
No es nada nuevo, seguimos viviendo en una sociedad machista. Y esa violencia se ha trasladado también al entorno digital. Las redes sociales, con su alcance masivo y su falta de filtros, han amplificado el acoso, facilitado además por la impunidad. Amparadas en el anonimato o en perfiles falsos, muchas personas se sienten autorizadas a ejercer una violencia brutal sin temor a ninguna consecuencia.
Estos ataques no son anecdóticos ni triviales, son una forma de violencia política de género que busca perpetuar la exclusión de las mujeres del espacio público. Cada insulto recibido, cada amenaza proferida, es un recordatorio de que todavía hoy hay quienes quieren relegarnos al silencio.
Se nos sexualiza, se nos insulta, se nos humilla con palabras y alusiones que jamás se dirigirían a un hombre. Esa violencia no es sólo un ataque a la dignidad individual, es una estrategia para perpetuar un sistema desigual que castiga a las mujeres por atreverse a tener voz y poder.
Sin embargo, seguimos, caminamos juntas, apoyándonos unas en otras y en compañeros que creen en la igualdad, con la fuerza y la memoria de las que nos precedieron. Cada paso que damos se sostiene sobre el esfuerzo y el coraje de muchas otras mujeres que lo dieron todo antes que nosotras. Pienso, por ejemplo, en María Domínguez, primera alcaldesa socialista elegida en democracia durante la Segunda República. Una mujer que defendió la justicia social y la educación de las mujeres en un tiempo donde ser mujer en política era casi un acto de insumisión. Fue asesinada en 1936 por sus ideas políticas, por no rendirse, por atreverse a pensar en voz alta. O en Margarita Nelken, defensora incansable de los derechos de las mujeres trabajadoras, que desde el Congreso denunció la desigualdad, la explotación y el olvido. Mujeres que, en momentos de enorme dificultad, abrieron caminos que hoy seguimos recorriendo.
Esta herencia de compromiso nos obliga también a actuar. Frente a los ataques actuales, frente a la violencia y el intento constante de silenciarnos, no podemos ni debemos normalizar lo inaceptable. No podemos aceptar el “son gajes del oficio” como respuesta. Tenemos el deber colectivo de señalar, condenar y erradicar estas manifestaciones misóginas.
Aunque estemos cansadas, no callaremos. No nos iremos. Seguiremos ocupando los espacios que nos corresponden. Porque la política no debería doler. Porque nuestra voz es necesaria. Porque el futuro también nos pertenece.














