Eduardo Béjar: «La pandemia del COVID19»

Ni científicos ni políticos ni economistas, ni la gran mayoría de la humanidad preveían este escenario de pandemia, que nos asusta y nos sobrepasa, que ha alterado nuestra forma de vida y que posiblemente modifique también nuestro porvenir y nuestras relaciones sociales, laborales y geopolíticas.

Por mucho que las redes sociales y medios de comunicación se llenen ahora, a toro pasado, de expertos sobre el COVID19, los mismos que a mediados de febrero no temían consecuencia alguna de este virus en nuestro país ni en el continente europeo, prácticamente nadie había pronosticado la gravedad de esta pandemia, la realidad es que por entonces la mayoría apoyaba las teorías de Trump o de Johnson y hasta el 11 de marzo se jugaba un partido de la Champions en Liverpool, con el estadio a rebosar.

Aristóteles en “Ética a Nicómaco” defendía que la felicidad era el bien práctico supremo, pero que no todas las personas entendían la felicidad de la misma forma. Unos creían que la felicidad era poseer más riquezas, otros honores, algunos placeres…, y que incluso la misma persona podía opinar de manera distinta según la situación en la que se encontrara, así si estaba enfermo la salud sería considerada la mayor felicidad.

Los aplausos dedicados a todo el personal sanitario, en esta situación de pandemia, evidencian que en la actualidad la mayoría de la población, considera el bien más preciado la salud y a los funcionarios públicos más valorados a los de la sanidad española. Según las teorías filosóficas aristotélicas el bien más preciado es la ética de la virtud. La virtud considerada como un hábito, una constante inclinación de la voluntad. Virtud para ser buenos, virtud no para conocerla, sino para practicarla.

En estos días tan duros, de noticias inimaginables apenas un mes atrás, donde la vulnerabilidad de nuestros mayores, el colapso de nuestra sanidad y el aumento de contagios en la práctica totalidad de los países del mundo, son portada en los informativos, deberíamos ser más prudentes con nuestras opiniones y en lugar de buscar culpables de esta situación, pensar en lo que cada uno de nosotros podemos hacer para construir un mundo y una sociedad mejores, con una sanidad a la vanguardia de nuestros servicios públicos y con la ética de la virtud como bandera.

Para que no nos suceda como en el siglo XIV, cuando los fanáticos de la fe declararon la guerra contra los gatos en las ciudades europeas, como cuenta Eduardo Galeano y “entonces las ratas, liberadas de sus peores enemigos, se hicieron dueñas de las ciudades. Y la peste negra, por las ratas transmitida, mató a millones de europeos”. O como sucede en la actualidad con el presidente de EEUU que se empecina en denominar al COVID19, como el virus chino. No vaya a ser que al final se repita el caso de la gripe española, que fue denominada así porque en 1918 la prensa española al no estar España involucrada en la primera guerra mundial, fue la que más informó de la pandemia, no porque fuera aquí donde se inició.

Este virus, sin duda, nos hará cambiar. Entre todos deberíamos tener la virtud de sacar lo mejor de nosotros mismos, para mejorar el porvenir de este planeta, el progreso de las próximas generaciones para aprender a trabajar juntos, porque este virus no entiende de fronteras, de clases sociales ni de ideas políticas. Quizá tener un ministro de Sanidad filósofo, nos pueda ayudar a encontrar la ética de la virtud y como su paisano Ernest Lluch deje impronta en nuestro sistema sanitario.

Unámonos todos en lo trascendental, no propagar el virus, quedándonos en casa. Después vendrán los abrazos, ahora más que nunca, SALUD.

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