El pasado 23 de julio de 2019 falleció Santos Juliá, uno de los historiadores contemporáneos más reconocidos de nuestro país, autor de biografías como la de Azaña, o de los socialistas en la política española, y que en 2005 ganó el Premio Nacional de Historia, por su obra “Historias de las dos Españas”, era un lujo escuchar sus opiniones y leer sus artículos en El País.
En su reseña sobre “Cosas que de la transición se cuentan”, concluye que “bajo la denuncia de la transición como tiempo de mentira, mito, miedo, desmemoria y traición ha vuelto al terreno de la historiografía y de la crítica culturalista una manera de interpretación de la historia que consiste en explicar el pasado por aquello que no ocurrió y que, en opinión del intérprete, debió haber ocurrido: no se trata de dar cuenta de lo que efectivamente sucedió sino de lucubrar sobre un no sucedido y sus causas profundas, ocultas a la vista de las interpretaciones al uso y del público en general.”
Palabras de Santos Juliá que desnudan la impostura y la mendacidad con el argumento de la razón histórica y la intelectualidad, aspectos que en nuestra cotidianeidad parecen haber desaparecido del imaginario colectivo. Así se explican las continuas referencias a un pasado que es distinto según a quién se le quiera preguntar y según la ideología que defienda.
La historia de las dos Españas, es el enfrentamiento permanente, como afirmaba Ortega “dos Españas, señores, están trabadas en una lucha incesante”, esa España que queda retratada en el cuadro de Francisco de Goya “Duelo a garrotazos”. Esa España que tras las elecciones sigue dividida y casi bloqueada.
Noviembre es tiempo de almazara, tiempo de exprimir nuestra preciada drupa manzanilla cacereña para obtener su oro líquido, premiado como uno de los mejores aceites. No sería razonable discutir sobre si el aceite obtenido antaño con aceitunas apiladas en los cortijos, llenas de hongos y de barro, era mejor que el zumo de aceituna recién exprimido, actual, que recibe numerosos reconocimientos.
Pero aún así hay siempre atrevidos iletrados que alegremente así lo defienden, tanto que el aceite de antaño era mejor, como que reescriben nuestra historia, engañan con discursos falaces y populistas, consiguen correligionarios dispuestos a defender cualquier causa, incluso la que incita al odio, a la xenofobia y al machismo. Por ello es conveniente leer a autores como Santos Juliá para combatir esos discursos, a los que los pronuncian y defender con autoridad intelectual la verdad y la democracia.













