Eduardo Béjar: «Trump, las aceitunas y la democracia»

En un tiempo en el que el exceso es lo cotidiano y en el que la moderación y la responsabilidad parecen haber desaparecido del imaginario colectivo, vemos como las decisiones políticas no son inocuas, descubrimos que votar y elegir, sin la necesaria reflexión, tiene consecuencias. Desde la situación provocada por Trump, con sus constantes decisiones irreflexivas y autárquicas, la última imponer aranceles, entre otras a las aceitunas españolas, la incertidumbre creada con la aprobación del Brexit, hasta la provocada por la deriva independentista en Cataluña que ha dejado huérfano de liderazgo a todos los que creyeron que la República Catalana era una realidad y no una ficción llevada demasiado lejos.

Esas decisiones poco reflexionadas y provocadas por la sensación continua de buscar culpables, en lugar de buscar quién pueda ofrecer mejores soluciones a problemas complejos y difíciles, hace que se extienda una negatividad y un catastrofismo permanente, ampliado por la inmediatez de las redes sociales y por las paparruchas y bulos informativos que en la mayoría de las ocasiones no se tienden a contrastar.

Hace unos días, por mi cumpleaños un buen amigo me regaló el libro “Cómo mueren las democracias”, escrito por Levitsky y Ziblatt, dos profesores de la Universidad de Harvard, que analizan la debilidad de las democracias si los partidos políticos no son los primeros que se erigen como guardianes de la democracia, evitando que puedan surgir entre sus filas líderes populistas, tiranos en potencia, que puedan destruir las instituciones públicas desde dentro.

En el libro se enumeran varios ejemplos sobradamente conocidos, desde el apoyo de los históricos liberales italianos y del rey Víctor Manuel III a Mussolini, que permitieron que con 35 escaños acabara liderando Italia, al de Adolf Hitler que en 1933 llegó al poder en Alemania apoyado por los líderes políticos alemanes, entre ellos el excanciller Franz Von Papen que llegó a afirmar que “en 2 meses tendrían a Hitler acogotado en un rincón”, a Hugo Chávez que en lugar de ser enjuiciado por traición tras dos golpes de Estado, fue indultado por el Presidente Caldera y en 1998 llegó al poder en Venezuela.

No todas las democracias han perecido ante populistas autoritarios, como los de lo ejemplos anteriores, ha habido casos como los de Francia que para evitar la posibilidad de que la extrema derecha del Frente Nacional llegara al poder unificó su voto hacia Macron, o Bélgica que en 1936 unió a liberales, socialistas y católicos para evitar que llegara al poder el Partido Rexista, o Finlandia aislando en 1930 al movimiento Lapua, o más recientemente en Austria que con el lema compartido de los partidos de hacer lo correcto para evitar un gobierno de ultraderechas, de Norbert Hofer del FPÖ, apoyaron al candidato verde Van der Bellen.

Todos estos ejemplos deben servir para, pedir responsabilidad a los líderes políticos de nuestro país, pero también a la ciudadanía. Desde los servidores públicos debemos garantizar el funcionamiento democrático de las instituciones, pero también cumplir con el patriotismo del que hacía gala Ramón Rubial, poniendo siempre los intereses del país por encima de cualquier otro. El deber de la ciudadanía es acudir en masa a votar el 10 de noviembre, porque no hace tanto tiempo pasamos en España 40 años sin poder ejercer nuestro derecho a voto y porque no ejercer ese derecho puede suponer el ascenso de los extremismos y la ultraderecha, el aumento de la confrontación territorial y el retroceso democrático. Puesto que nuestro voto decide desde los aranceles a las aceitunas, al Brexit, hasta la subida del salario mínimo o el fortalecimiento de nuestra sanidad, educación, dependencia o pensiones públicas.

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