Hay días en los que la política parece un ejercicio de equilibrismo. Esta semana, María Guardiola defendió el mestizaje como seña de identidad de Extremadura mientras sigue compartiendo gobierno con quienes consideran la diversidad una amenaza y la prioridad nacional una bandera. Una contradicción tan evidente que ni el mejor departamento de comunicación consigue ocultarla.
Hay políticos que cambian de opinión. Es humano. Luego están quienes cambian de discurso según el escenario. Y después está María Guardiola, que parece haber encontrado una nueva categoría política: defender una cosa y su contraria sin sonrojarse.
Esta semana la presidenta de la Junta nos presentó «Extremestiza», un Instituto del Mestizaje destinado, según explicó, a convertir Extremadura en una referencia internacional de la mezcla cultural, el encuentro entre pueblos y el diálogo entre continentes.
Hasta aquí, nada que objetar.
Hay políticos que cambian de opinión. Es humano. Luego están quienes cambian de discurso según el escenario. Y después está María Guardiola, que parece haber encontrado una nueva categoría política: defender una cosa y su contraria sin sonrojarse.
De hecho, resulta difícil no estar de acuerdo con una idea tan poderosa como el mestizaje. Porque la historia de España, de América y de la propia Extremadura es, en gran medida, la historia de encuentros, intercambios, mezclas y transformaciones mutuas. Lo curioso llega cuando uno abandona el atril institucional y vuelve a la realidad política.
Porque mientras Guardiola habla de identidad abierta, de mestizaje y de puentes entre culturas, gobierna Extremadura apoyándose en quienes defienden justo lo contrario: la prioridad nacional, el discurso de los de dentro frente a los de fuera y una visión de la sociedad que mira la diversidad con bastante menos entusiasmo que el exhibido en Medellín.
Y entonces surge una pregunta incómoda. ¿En qué quedamos? ¿El mestizaje es una riqueza o una amenaza? ¿La mezcla de culturas construye sociedades más fuertes o pone en riesgo la identidad nacional? ¿La diversidad es motivo de celebración o de preocupación?
Porque ambas cosas a la vez no pueden ser. O quizá sí pueden ser cuando lo que importa no es la coherencia, sino la oportunidad política del momento. Lo más increíble es que Guardiola presentó el instituto como una respuesta frente a la polarización y reivindicó una lectura de la historia alejada de los enfrentamientos ideológicos.
Sin embargo, el propio acto estaba cargado de simbolismo político. No era una conferencia universitaria. No era un congreso académico. No era una jornada de investigación histórica. Era un acto político con Hernán Cortés como protagonista, con mensajes cuidadosamente escogidos y con la presencia de Nacho Cano ejerciendo casi de embajador cultural de la iniciativa.
Lo más increíble es que Guardiola presentó el instituto como una respuesta frente a la polarización y reivindicó una lectura de la historia alejada de los enfrentamientos ideológicos.
Y ahí aparece la gran paradoja: mientras se reivindica el mestizaje como valor central de nuestra historia, se evita cualquier reflexión sobre lo que ese concepto significa hoy. Porque el mestizaje no es una estatua. No es una palabra bonita para poner en un logotipo. No es una campaña institucional.
El mestizaje tiene consecuencias políticas. Significa aceptar que las sociedades cambian. Significa asumir que las culturas se mezclan. Significa comprender que la diversidad no es una anomalía, sino una constante histórica.
Y precisamente por eso resulta tan difícil entender cómo alguien puede convertir el mestizaje en bandera mientras comparte espacio político con quienes construyen buena parte de su discurso sobre la idea de que hay que proteger una supuesta identidad amenazada por quienes llegan de fuera. La contradicción no la ha inventado la oposición. La contradicción está en el propio mensaje.
O sea, si el mestizaje es tan maravilloso como nos dicen, entonces debería serlo también cuando ocurre en el presente. Y si no lo es, entonces quizá todo esto no sea más que una enorme operación de imagen. Una marca. Un eslogan. Una campaña de comunicación cuidadosamente diseñada para sonar moderna sin necesidad de asumir ninguna de las consecuencias de aquello que se proclama.
Por eso la cuestión no es si María Guardiola cree o no en el mestizaje. La cuestión es cuál de las dos Marías Guardiola habla cuando se pone delante de un micrófono. ¿La que presenta una Extremadura abierta, diversa y mestiza o la que gobierna gracias a quienes defienden exactamente lo contrario?
Llega un momento en que los principios dejan de ser principios y se convierten en máscaras venecianas, pero si estilo. Y cambiar de rostro según el acto puede ser una estrategia política.
Pero también tiene otro nombre. Doble discurso. O lo que es peor. Doble moral.














