Joaquín Cuello Martínez-Pereda es Secretario de Memoria Democrática, Migraciones y Cooperación Internacional del PSOE de la provincia de Cáceres.
Con determinadas personalidades sobran las presentaciones, por eso basta con recordar que Jorge Bergoglio asumió la tarea que sus colegas cardenales le encomendaron adoptando el nombre de Francisco, en honor a Francisco de Asís, y realizando su primer viaje a la isla de Lampedusa; una auténtica declaración de intenciones con las que ha cumplido.
Sin olvidar la inevitable comisión de errores en los que con toda seguridad también habrá incurrido, muchos son los aciertos que atribuirle, desde la lucha incesante y sincera contra la pederastia, hasta las medidas aperturistas protagonizadas en los últimos años, reconsiderando el rol de la mujer en el seno de la Iglesia o la relación de ésta con colectivos como el homosexual.
Pero si algo permite llegar a la conclusión de que su pontificado ha sido ejemplar, es el hecho de haber seguido a pies juntillas la palabra de Cristo para con los más desfavorecidos.
Pero si algo permite llegar a la conclusión de que su pontificado ha sido ejemplar, es el hecho de haber seguido a pies juntillas la palabra de Cristo para con los más desfavorecidos, ya que, como él, Francisco ha sido el referente ético de lo que puede considerarse una moral sin ética, expulsando en cada una de sus intervenciones a los mercaderes del templo o, lo que es lo mismo, recordando especialmente a los suyos que rechazar al inmigrante es un pecado grave, por mencionar uno de los muchos ejemplos a que se puede aludir.
No se debería olvidar nunca que cualquier interpretación en términos jurídico-políticos de la Pasión de Cristo invita a pensar que lo crucificaron por progresista, a pesar de la obscena, aunque inteligente, tergiversación de la figura realizada por Pablo de Tarso (léase San Pablo), a la sazón fundador del cristianismo, ya que de lo contrario una figura esencialmente subversiva como la de Cristo jamás habría sido vista con buenos ojos por la autoridad imperial, como finalmente ocurrió tras las debidas adaptaciones a partir de la batalla del Puente Milvio en el año 312 d. de C, punto de inflexión que sirvió presuntamente para la conversión del emperador Constantino, allanando el camino para el Edicto de Milán del año 313 d. de C, con el que se consagra la libertad religiosa, y para el Concilio de Nicea del año 325, primer concilio ecuménico de la Iglesia. Pese a la incertidumbre que impera en un contexto como el actual, y en la que sin duda ahonda este fallecimiento, si algo no querría una persona como Francisco sería, con toda seguridad, que cundiera la desesperanza; más bien al contrario, querría con toda certeza que se siguiera confiando con fe ciega, nunca mejor dicho, en el progreso de todos los pueblos, de cuya viabilidad él ha sido un buen ejemplo.














