Joaquín Cuello Martínez-Pereda es Secretario de Memoria Democrática, Migraciones y Cooperación Internacional del PSOE de la provincia de Cáceres.
Lo primero que se ve al aterrizar en La Habana es un letrero en el que puede leerse “Aeropuerto internacional-José Martí”, que parece preconizar las constantes alusiones que a lo largo y ancho de la isla pueden encontrarse en referencia a tamaña personalidad: escuelas, calles, avenidas, edificios, bustos, esculturas ecuestres y centros políticos muestran su rostro o llevan su nombre.
Y es que en Cuba todo recuerda a José Martí (1853-1895). Nacido en la capital insular, de padre valenciano y madre canaria, y muerto en combate durante la última de las guerras de independencia, se trata del principal exponente del modernismo literario latinoamericano, junto con Rubén Darío, y una de las principales figuras intelectuales del continente, si no la que más. De él interesa traer a colación sus ensayos y crónicas políticas, sin menospreciar sus incursiones en otros géneros, ya que cualquiera que las lea con cierto espíritu crítico podrá comprobar la burda tergiversación oficialista que la dictadura ha hecho con su obra.
De entre todas destaca la que lleva por título “Nuestra América”. En ella, el autor ensalza, durante su exilio en Nueva York, las bondades de la democracia norteamericana en el terreno de los derechos individuales, a la par que critica la falta de derechos sociales, sus consecuencias atroces y las ansias expansionistas del imperialismo yanqui. Un análisis comparado que todavía hoy conserva pleno sentido y que muestra no ya la ignorancia, sino la tergiversación deliberada, de la obra de un autor que criticaría tanto a la dictadura cubana como a la administración Trump, resistiéndose a admitir, y con razón, una dicotomía perversa.
Pero, a propósito de esta comparación, llama poderosamente la atención la coexistencia durante tanto tiempo de dos modelos antitéticos a menos de noventa millas náuticas, algo sorprendente si se tiene en cuenta la capacidad militar y política de Estados Unidos demostrada a lo largo de su historia.
En este sentido, resulta comprensible la tentación de explicar este fenómeno como una suerte de simbiosis, pese a la retórica antiimperialista y anticomunista: Estados Unidos se beneficiaría de una “dictadura del terror” que frena flujos migratorios incómodos sin generar excesivos problemas, mientras que el régimen cubano encontraría en el embargo y en la amenaza extranjera una legitimidad que no tiene. Porque la legitimidad de un sistema no se mide solo por su origen, sino por su resultado, sea cual sea la causa: la más absoluta de las miserias.
Ante esta situación, el pueblo cubano, que lleva demasiado tiempo sufriendo las consecuencias del totalitarismo y vive bajo la espada de Damocles norteamericana, parece tener una única salida democrática: el nuevo constitucionalismo latinoamericano y la integración regional.
Aunque cuente con un texto denominado “Constitución” por puro fetiche nominal, y pese a ciertos avances en derechos con la reforma de 2019, desde una óptica democrática ese texto no supera la teoría del triple test: ni fue aprobado mediante un procedimiento democrático, ni garantiza un funcionamiento democrático del sistema, ni limita efectivamente el poder. Por ello, una visión romántica y falaz del régimen cubano no debería justificar lo injustificable, perdiendo de vista que el sistema que mejor ha sabido aunar igualdad política y social se llama socialdemocracia, de la que Martí fue precursor en Cuba.
La solución netamente cubana y democrática no pasa ni por Fidel, ni por Raúl, ni por Díaz-Canel ni por Donald Trump, sino por el mensaje de José Martí y una mayor unión latinoamericana.














