Joaquín Cuello Martínez-Pereda es Secretario de Memoria Democrática, Migraciones y Cooperación Internacional del PSOE de la provincia de Cáceres.
El pasado 27 de marzo, los representantes del Grupo Parlamentario Popular (PP) y VOX registraron conjuntamente la propuesta de la llamada “Ley de Concordia” en la Asamblea de Extremadura, un auténtico despropósito democrático tanto en lo formal como en lo sustantivo con el que se pretende derogar la Ley 1/2019, de 21 de enero, de Memoria Histórica y Democrática de Extremadura.
En el plano formal, llama poderosamente la atención su redacción, que pone de manifiesto las prisas y el desprecio por la institución parlamentaria, ya que sus promotores no se han tomado la molestia ni de repasarlo; pero es que, si se analiza la propuesta desde el punto de vista sustantivo, la cuestión deja mucho más que desear, evidenciándose, con la rúbrica de la pretendida ley, la obscena desaparición de toda referencia a la memoria democrática, utilizando como subterfugio el burdo y cínico recurso a conceptos, como el de concordia, por todos defendidos.
Lejos de pasarlo por alto, un blanqueamiento semejante debe servir como acicate para reafirmar la necesidad de afrontar, como sociedad civil, un ejercicio de memoria imprescindible, si se quiere seguir disfrutando de las bondades propias de cualquier Estado social y democrático de derecho que se precie, máxime en un contexto geopolítico como el actual, que evidencia con toda crudeza el peligro real de su desaparición.
En el plano formal, llama poderosamente la atención su redacción, que pone de manifiesto las prisas y el desprecio por la institución parlamentaria, ya que sus promotores no se han tomado la molestia ni de repasarlo; pero es que, si se analiza la propuesta desde el punto de vista sustantivo, la cuestión deja mucho más que desear, evidenciándose, con la rúbrica de la pretendida ley, la obscena desaparición de toda referencia a la memoria democrática, utilizando como subterfugio el burdo y cínico recurso a conceptos, como el de concordia, por todos defendidos.
Por lo tanto, merece la pena insistir en que lo que se ha venido en llamar memoria democrática no es ni más ni menos que un instrumento que sirve para ese fin. Y si bien es cierto que una enumeración exhaustiva de las distintas acciones en que se pone de manifiesto excede, con creces, los límites de un mero artículo de opinión, es obligado aludir a las más elocuentes.
En este sentido, para ilustrar aquello en que consiste la memoria democrática, puede traerse a colación el hecho de que constituya la implementación del ordenamiento jurídico internacional en el plano de los derechos humanos; un impulso esencial guiado por los principios de Verdad, Dignidad, Justicia, Reparación y Garantías de No Repetición; el conocimiento de la represión sufrida durante décadas; la exhumación de las fosas que jalonan todo el territorio; la reparación de las víctimas de la represión; y, sobre todo, la necesidad de mirar al pasado con vistas al futuro democrático, que exige conocer lo ocurrido para no volver a repetirlo: no es casualidad que uno de los grupos sociales que vivieron y sufrieron más las consecuencias del franquismo, las mujeres mayores de 65 años, constituyan el segmento de población que menos nutre el caladero de votos de una formación política como VOX; mientras que las generaciones más alejadas de ese periodo y que menos lo sufrieron, los varones de menos de 30 años, sean los que más se ven seducidos por ese partido.
No es casualidad que uno de los grupos sociales que vivieron y sufrieron más las consecuencias del franquismo, las mujeres mayores de 65 años, constituyan el segmento de población que menos nutre el caladero de votos de una formación política como VOX; mientras que las generaciones más alejadas de ese periodo y que menos lo sufrieron, los varones de menos de 30 años, sean los que más se ven seducidos por ese partido.
Cuestiones, en fin, con las que debería simpatizar cualquier demócrata que se precie, aunque suponga un esfuerzo particular en el caso del Partido Popular, para el que, al tratase de una formación política fundada por personas con un protagonismo indiscutible durante la dictadura, y hoy plenamente democrática, semejante ejercicio supone poco menos que “matar al padre”, lo que nunca resulta fácil.
Pese a la dificultad, y precisamente por eso, se puede y se debe debatir en qué concretar semejante ejercicio, discutiendo hasta la saciedad, si hace falta, su alcance y límites. Pero lo que no se debería cuestionar jamás es la necesidad de ejercitar la memoria democrática.













